El nuevo orden

Club 52: "déjà vu" a la prensa vendida, gay

A Karina Eridhe

Al parecer, la desazón empezó con la reseña que escribí para TimeOutMéxico del club gay LVNG Bosques (por ubicarse en la zona conocida como Bosques de las Lomas).

El LVNG recibió dos estrellas en una escala de cinco por razones de objetividad básica: el simple hecho de llegar (si no vives en las cercanías) es tan complicado como costoso, hay que desembolsar un cover de 250 pesos y una vez adentro los precios siguen siendo elevados y en aumento según la marca de los tragos.

Cierto, me dieron un par de facilidades como reportero, pero así me hubieran invitado una botella de ginebra no iba a desentenderme de la objetividad, siempre lo digo.

Por lo mismo me cuesta trabajo aceptar una cerveza, amén de cargar un lagunero en mi subconsciente incapaz de suicidarse, me sale lo ranchero, me hago trenzas y eso que soy calvo desde los 24 años. 

Supe que abrieron un nuevo espacio llamado Club 52 no muy lejos de la Zona Rosa. Marqué para averiguar qué tantas facilidades podían darme sobre todo en cuestión de fotos, su publirrelacionista aclaró: “¿Pero será una nota positiva? Porque somos del mismo corporativo que LVNG y lo que escribiste no nos gustó nada”.

El sábado pasado me impidieron la entrada al Club 52 trayendo a cuento la reseña del LVNG.

“Como te comenté la vez que me marcaste, nos portamos muy lindos con ustedes y nos pagaron con esa reseña”, me dijeron.

Respondí que pagaría cover y consumo: “Yo creo que ni así puedes entrar”, remató el publirrelacionista. Lo más curioso es que al menos en la banqueta la música no sonaba tan mal, pero, ¿cómo averiguarlo?

Nunca supe el nombre del publirrelacionista del Club 52 y tampoco iré a la Conapred como me sugirieron unos muy buenos amigos, ni volveré a tocar el tema después de esta columna.

Los hechos en su justa dimensión: se trata de un antro gay con sus propias reglas y gerentes inmaduros. Quiero decir, Guilt y Envy (clubes gays en la zona de Polanco) no salieron tan bien librados en las reseñas y Fernando Carbajal, su dueño, ha mantenido una actitud profesional, sin arrebatos.

No quiero molestar a la Conapred, que seguro debe atender demandas más relevantes.

Sin embargo, el encontronazo con el Club 52 resucitó esos lugares comunes de mi padre que tanto me aburrían en la adolescencia, no por su franqueza, pasa que entre los 80 y principio de los 90 antes de que acabara cualquier canción de Mercedes Sosa volvía a lo mismo: la “prensa vendida” ¿justicia divino-paternal?

Lo cierto es que por primera vez, desde que me dedico a esto de publicar en medios escritos, me topé, de frente, con una de las obsesiones de mi padre: el condicionamiento en la prensa escrita.

Aunque se trate de una simple reseña de un antro como tantos, pero en tiempos en que el hervidero de reformas desata una marea de incredulidad, la actitud del Club 52 me hizo alzar la ceja y padecer un ataque de déjà vu.

Casi veo a mi padre decir: “Se lo dije”. 

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