El nuevo orden

Carne humana

Nos acecha la preponderancia falopatriarcal. Es la nueva forma de la maldad. Ya no hay ni un grano de sal de duda, basta con ver la racha de indignación toda vez que surgen fenómenos de machismo, misoginia y discriminación: la mayoría de las plumas que titulan sus textos con alguna alusión a la violencia de género son hombres.

Al menos tal fue el resultado que logré calcular después que el video de Tania Reza se hiciera viral, incendiando las editoriales digitales y desde luego las redes sociales.

Lamentablemente, la mexicana es una sociedad que asimila el machismo con una temible naturaleza, por lo mismo, no hay nada de reprochable en que los hombres desaprueben todo hábito que acosa a la mujer, atentando contra su individualidad. Que los hombres cuestionen su forma de relacionarse con las mujeres siempre será saludable. Y en ese sentido, les creo más a los hombres hetero.

Lo siento si hiero una que otra susceptibilidad, pero cada que los homosexuales muestran su apoyo en desagradables sucesos como el que estuvo involucrada la conductora de tv de Ciudad Juárez, la sospecha me aborda desatando un torbellino de dudas en mi cabeza: ¿dónde acaba la solidaridad y empieza el oportunismo travestido de chantaje sentimental? Por momentos me da la impresión que más que apoyo, algunos homosexuales intentaran mimetizarse con ciertos rasgos femeninos para luego adjudicarse algún tipo de victimización. Además de masturbarse con la idea de ganar puntos en la absurda competencia por demostrar quién es el más consciente, sensible, solidario y mejor persona ante esa mayoría hambrienta de aprobación.

Atempero mi ataque de sospechas releyendo "El idealista y el perro" de Fadanelli, sobre todo la parte en la que escribe: "Hay algo de artístico en fingirse un buen humano... y hay que apartar de nosotros el mal gusto de querer coincidir con muchos".

El manoseo a Tania Reza también me incomodó e indignó, me recordó a esos gays que a veces desnudan con la mirada a algún hetero, pero si los confrontan, lo acusan de homofóbico. Suelo manifestar mi solidaridad, pero desde lo que soy, un joto de bragueta abultada, sin pretender construir coincidencias usureras metidas con calzador. Cuando puedo le digo a un mirrey que deje de hostigar a mis amigas, aunque reconozco hoy día tal cosa es jugarle a la ruleta rusa pues ya cualquiera es capaz de jalar el gatillo.

No soporto la idea de combatir el machismo, de violencia endémica sin duda, desde los evangelios de lo políticamente correcto tan socorrido por muchos gays. Me aterra que el futuro sin machismo termine siendo como esa parte de The Wall de Alan Parker, donde niños y niñas apenas reconocibles con faldas y pantalones, se unifican mediante una grumosa máscara formados sobre una banda industrial que avanza, arrojándolos al embudo de una máquina trituradora que los machaca.

Y en efecto, ven la luz procesados como un pedazo de carne humana, libre de estereotipos de género y por ende, de violencia.


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