El nuevo orden

Canciones que no pueden faltar en una boda gay

El matrimonio gay no sólo se queda en un asunto de derechos, en un mero trámite para que la pareja pueda incorporarse al IMSS.

Cada que toco el tema del matrimonio gay me responden con lo mismo: que estoy mal, que es un asunto de derechos, de seguros médicos (aunque hoy día con el Seguro Popular puedes tener acceso a servicios de salud como individuo gay soltero; cierto, los servicios no son como los de Grey’s Anatomy y la burocracia fastidia, pero no más que cuando un gay quiere registrar a su pareja en el ISSSTE), de créditos hipotecarios, de herencias, bajo una peculiar perspectiva de una relación tan duradera y estable como para fantasear con la redacción de un testamento a los 30 años.

La última vez que estuve en Portland fue para asistir a la boda de unos coquetos y desmadrosos batos que conocí años atrás en la misma ciudad de Oregon, en un festival de música que dura tres días y que sucede al interior de teatros antiguos y clubes del downtown, en un concierto de los Swans, promocionaban su álbum doble TheSeer.

El itinerario de la boda homosexual consistió en una ceremonia civil al interior de una pequeña taberna gay, tragos, un buffet de ensaladas, pastas y pizzas, mucho post punk extraído de viniles, más tragos y un sótano inundado por música house espesa con coros de mujeres afroamericanas que hipnotizaban y en el que se desarrollaba una de esas orgías cuyas penumbras y movimientos se te quedan tatuadas en alguna sinapsis por la intensidad de las secuencias. La orgía venía incluida en la invitación, abajo del nombre del DJ invitado. Me incomodó que de pronto chicas se dieran una vuelta por ahí, pero no es que duraran mucho. Uno de los novios sí que se dio vuelo en el sling.

Hace algunos meses me pidieron escribir un texto sobre bodas entre personas del mismo sexo en la Ciudad de México. Entrevistando a un wedding planner, me contó que le llamaba la atención cómo el surgimiento de roles era algo prácticamente inevitable: a uno le daba prácticamente lo mismo el color de las servilletas mientras que el otro tardaba horas en decidir el color del merengue del pastel.

Será por eso que el matrimonio gay, sobre todo en México, no sólo se queda en un asunto de derechos, en un mero trámite para que la pareja pueda incorporarse al IMSS. Pareciera que hay que legitimarlo con una buena fiesta en la que mientras más se acerque al lugar común de las bodas bugas, más iguales nos sentimos.

Quizás por eso también muchos bugas sienten que al poder casarnos bajos sus términos y esbozos, invadimos uno de sus territorios románticos más soñados. Y sagrados. Y salen a las calles a protestar como sucedió en Saltillo recientemente. “Un mar de gente” describieron los reporteros. Observé con detenimiento y morbo las fotos de hombres y mujeres portando carteles que hondeaban frases como “Rescatemos a la familia”. Imaginé las bodas de los manifestantes. Estoy seguro puedo mencionar sin equivocarme al menos10 canciones que no faltaron en su fiesta. Y que el sencillo “Qué bello (Celos de hombre)” de Margarita la Diosa se escuchó hasta tres veces en lugar de armar una orgía.

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