El nuevo orden

Bowie y nuestra deuda gay

Escuchando el Scary Monsters deliberé en el hecho de que Bowie se interpreta (y parodia) a sí mismo en la cinta Zoolander, haciendo de réferi en el duelo de pasarela entre Derek Zoolander (Ben Stiller) y Hansel (Owen Wilson), pero nunca aparece en Sex and the city. La serie jamás reparó en por lo menos una fugaz mención honorífica al hombre que aportó un punto de inflexión vanguardista y temerario al mundo de la moda del que la Bradshaw era devota y supuesta experta. Sobre todo partiendo del hecho que buena parte del vestuario de Sex and the city estuvo diseñado por Patricia Field, quien fuera propietaria de una boutique sobre la calle 8 del East Village en la que vendía toda clase de excéntricas y brillosas blusas y chamarras, pantalones de cuero o leggins dorados y plateados, plataformas de esas que pueden desgarrarte el músculo peroneo corto y fracturarte la tibia, además de toda clase de plumas. Fue una de las tiendas más concurridas por los travestis y dragas neoyorquinas de los ochenta. A su vez, Field tenía deudas creativas con el plumaje impuesto por Bowie en su etapa de glam galáctico. En cambio sí invitaron a Liza Minnelli a ser parte de eso vómito de Sex and the city 2.

Sex and the city logró cautivar a una numerosa audiencia de homosexuales que la han elevado a nivel de culto y referente histórico en la línea de tiempo gay.

Un referente que no pone en el mapa la aportación del gran David Bowie al desenvolvimiento de los homosexuales, lesbianas, travestis, transexuales, transgénero, intersexuales y todo aquello que fuera diferente al molde buga.

No seré embustero: admito que reconocí la importancia del Starman después del cóver de Nirvana a "The man who sold the world" y me siento más identificado con la lírica de Roxy Music y la testosterona de Bryan Ferry, que no hubieran sido sin la androginia de David Bowie y eso me obligó a convertirlo en un referente obligatorio.

Casi a la par de los disturbios de Stonewall, Bowie concedía entrevistas en las que confesaba debilidades homosexuales y bisexuales bajo un halo de sospecha y misterio: "Con 'Ziggy Stardust' David Bowie redefinió de buenas a primeras el rol masculino del rock", dice el escritor Robert Dimery, y es cierto. Tanto en la música como en las artes visuales, como actor e interventor de las pasarelas, Bowie, con el lanzamiento del The man who sold the world y esa portada usando un vestido anticuado, hizo de la diferencia punto de partida, un dispositivo reflexivo de confrontación y vanidad progresista, orgullo. La diferencia fue una consigna que se celebraba en las marchas lésbico gay hasta que el matrimonio igualitario se convirtiera en una ansiedad. Mucho de la historia de la visibilidad gay tiene que ver con la androginia escénica del primer Bowie, como bien lo sentenció El Camaleón en una entrevista de 1982: "Los años 70 fueron el inicio del XXI".

Fue de lo afeminado al hipermasculinismo refinado o extremo como su colaboración con Trent Reznor, sin complejos ni menospreciar el pop o el dance floor. La colaboración entre Bowie y los Pet Shop Boys en el remix de "Hello Spaceboy" se encuentra en mi top ten de las canciones de Ziggy.

El imaginario homoerótico de Bowie está muy bien planteado en Velvet Goldmine de Todd Haynes, filme que propone un imaginario romance entre Bowie e Iggy Pop y creo es una buena puerta de entrada al sonido de Bowie que impulsó el glam rock para quienes no tienen ni puta idea o sólo llegan a "Under pressure" o "Let's dance".

Los gays de hoy no sólo escuchan mala música, sino que Bowie les importa menos que cinco minutos de una final entre el Pumas y el Santos. El lunes 11 de enero, muchos jotos debatían sobre Lady Gaga en los Golden Globes en vez de sumergirse en la discografía de Bowie, donde abunda de todo: folk, psicodelia, electrónica, rock, pop. La muerte de Bowie me provocó una especie de agridulce desamparo. Le rendí un ermitaño homenaje, escuchando primero en repeat el Hunky Dory, mi álbum favorito. Por alguna razón "Changes" me ha acompañado en los momentos más cabrones de mi vida, que casi siempre tienen que ver con un bato. Después repasé su discografía. Los ochenta no me terminan de convencer. Aunque siempre me cautivó de Bowie sus descripciones de la soledad.

En una época en la que los gays tienen pavor de abandonar el molde de la visibilidad impuesto por la mercadotecnia travestida de inclusión, donde sólo reciben información a través de los voceros de los clichés, incapacitados para la exploración, el descubrimiento de nuevas propuestas, la muerte de El Camaleón no causó la conmoción que, según yo, de nuestra parte se merece.

Además de todo lo ya estipulado por críticos, músicos y la historia misma, Bowie merece ser reconocido como fuerte ícono gay.


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