El nuevo orden

Baltimore rosa

Al igual que la repetición del sampler, buena parte de la base musical sobre la que se rapea, es igual de rítmica que la compulsión del sexo gay.

Ya lo afirmaba y gritaba Perry Farrell con su Jane’s Addiction en aquella oscura, sicótica y brillante pieza “Ted, just admit it”… incluida en su álbum de 1998 Nothing´s Shocking: “… Sex is violent!”. Y por mucho que las baladas de Sam Smith, las terquedades de romanticismo tipificado de películas como Cuatro lunas o los chismes de la boda de Mauricio Clark intenten evadirlo, la anatomía del erotismo homosexual es violento.

Sin ir más lejos: el fetiche leather, toda la calentura alrededor de los arneses, los estoperoles y el cuero, tiene que ver, según las negociaciones de cada quién, con maniobras de infringir dolor al otro. Supongo es una mera cuestión de la fuerza física natural en los varones que llegados a cierto punto, sólo se desdoblan por el instinto de la testosterona. Pero el aliento violento no se reduce a un instante bajo las sábanas.

Los drags participantes del realityRu Paul Drag Race, hombres que a cuadro jotean sin freno de mano, no suelen ser muy buenos administrando sus emociones y rencores, dinamitando instantes de histeria que sin llegar a una batalla a puño cerrado (aunque los tirones de pelucas y los disparos de vodka tonic directos a la pestaña postiza son constantes), es evidente, con el batidillo de lágrimas, hiperventilación y coraje, la sensibilidad violenta que la sale a flote.

A menudo los desencuentros y desamores entre homosexuales mutan de depresión a violento desasosiego en menos de lo que dura una canción de Mónica Naranjo, sentimiento que describe muy bien y sin autocensura Prefume Genius, su repertorio es un cúmulo de angustia y deseo homosexual sin censura.

Disfruto de horas de dosis de hiphop de ambas costas norteamericanas porque, al menos yo, me identifico con la violencia, minimalista y egocéntrica, que conforma buena parte de la naturaleza del hiphop.

De alguna manera su yo magnificado me recuerda ese protagonismo gay muchas veces inevitable. ¿Hasta qué punto el joteo descarriado son auténticos actos de abrazar el lado femenino o un incontrolable arrastre por llamar la atención? La estructura de los guetos afroamericanos tienen similitudes con la marginalidad del arcoíris (¿qué es un barrio gay sino un gueto?) al igual que la repetición del sampler, buena parte de la base musical sobre la que se rapea, es igual de rítmica que la compulsión del sexo gay, aunque muchos los nieguen.

Sólo que a diferencia del rap, el colectivo de homosexuales mexicanos está más preocupado por atender y mantener las buenas formas. Difícilmente destrozarían vidrios o saquearían comercios por la rabia desatada a raíz un compañero homosexual asesinado, como recién sucedió en Baltimore. Desde luego, la violencia nunca es deseable, pero la protesta pacífica casi siempre pasa de largo, por algo a los hippies se les recuerda como un fracaso de cuya inutilidad surgió el punk. Y las marchas por el orgullo a las que acudimos tienen su origen en un histórico disturbio. Sublevarnos contra el orden buga implica cierto acceso negado por parte de esos grupos que hacen de la corrección política una rutina de hipocresía funcional, del consumismo una comunión y de la doble moral un esparcimiento pecaminoso.

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