El nuevo orden

My war

Para 1983, el hardcore instaurado por Black Flag generó una horda de fanáticos dispuestos a uniformarse según el instinto más primitivo del inconformismo adolescente y eso fastidió tanto a sus integrantes, que decidieron sepultar las navajas y las maquinillas en señal de rebeldía: "La gente nos decía ¿cómo pueden describirse como punks y llevar el pelo tan largo como asquerosos hippies?" recuerda Henry Rollins en su bitácora de gira que terminaría siendo un clásico de la literatura punk: Get in the van: on the road with Black Flag.

Por eso no me convencieron los argumentos de muchos homosexuales respecto al pequeño de cuatro años residente en Hermosillo, Sonora, que se niega a la tijeras pues de acuerdo al reglamento de la escuela privada a la que asistía, los niños deben ir a lo casquete corto. No me convencieron pues si bien no hay argumento que refute el derecho universal de todos los niños a la educación, en sus consignas a favor del pequeño de Hermosillo (cuyo revuelo fue más bien desatado por la madre quién expuso la foto de su hijo en la hoguera de las redes sociales ¿no se podía debatir el asunto sin estímulos visuales?), leo más allá ciertos deseos de encajar en una mayoría, adoctrinada, inconsciente y equivocada según los eruditos del género, utilizando un atragantamiento de teorías que rayan en la radicalidad políticamente correcta, pero con nulo margen a la rebelión. Por ejemplo, mandar al mentado colegio perpetuador de estereotipos de género a la chingada.

Los de Minor Threat una vez que se limpiaron el culo con el reglamento de su instituto formaron una de las bandas más seminales de la historia de la música y en vez de desahogar su tormento a una ONG, Divine se convirtió en uno de los íconos más importantes de la contracultura, ser gordo y afeminado en una high school del Baltimore de los setenta no era un asunto que se resolviera juntando firmas citando la Primera Enmienda: "La institucionalización de los valores conduce inevitablemente a la contaminación física, a la polarización social y a la impotencia psicológica" opinaba Iván Illich en su reaccionario ensayo "La sociedad desescolarizada".

Me da la impresión que los gays simpatizantes de la perspectiva de género y que ven misoginia hasta en un torneo de nado sincronizado no buscan la rebeldía sino la estandarización idealista (más o menos en el sentido que tanto odiaban los de Black Flag) de lo que consideran deber ser una sociedad libre de estereotipos de género: "La gente se puede volver realmente desagradable si no haces lo que ellos creen deberías hacer", decía el fundador de Black Flag Greg Ginn.

Si bien sus buenas intenciones contra el machismo no son reprochables en lo absoluto, el modo de su planteamiento, en tono de mamá regañona poco ayudará a erradicar el machismo Hecho en México cuyas entrañas dinamita violencia y agresión desproporcionada.

En vez de tanto desmadre, antes de sacar un Change.org, yo le hubiera puesto el My War de Black Flag al morro de cuatro años.


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