El nuevo orden

Aprobación del matrimonio entre duendes

No me resulta descabellado que sean ellos, los hetero, quienes dispensen el visto bueno, después de todo, somos los jotos queriendo imitar sus rituales de inspiración conservadora y no al revés.

Me pregunto: ¿cuántos de los que descorcharon la champisidra (Paty y Selma Bouvier dixit) celebrando que los bugas irlandeses dieran chance a sus gays y leprechauns de contraer matrimonio conocen a los Pogues? La mayoría de los temas de la banda de Shane MacGowan, primer cantante de los Pogues, suelen narrar demoledoras historias sobre el viciado ambiente que se genera cuando el matrimonio empieza su descenso al conformismo, la insatisfacción, la evasión que ni en el fondo del onceavo tarro de cerveza logra apaciguar los ataques ansiedad, con ritmo de folk irlandés a velocidad de pogo. Desde luego no todo matrimonio está condenado a franquear por eso; al parecer, la única forma de que el matrimonio no se vuelva un desastre es “cumplir a cabalidad las convenciones de la clase media y burguesa” según palabras de ese tremendo escritor JG Ballard, en una entrevista para el pretenciosísimo pero enorme fanzine RE/SEARCH, lamentablemente descontinuado.

¿El éxito de un matrimonio radica en la conquista de los convencionalismos y su capacidad de consumo?

Patraña travestida de referéndum con maquillaje democrático: los bugas votando sobre nuestro acceso al matrimonio reconocido con todas las de la ley. A muchos les parece un recurso sensato. Moralmente estúpido, pero sensato. Yo incluido. Siendo el matrimonio un peculio con denominación de origen hetero (aún tomando en cuenta la caprichosa teoría de algunos gays que aseguran el matrimonio siempre fue indistinto a los genitales y más bien los bugas, en un acto de tiranía intransigente, se adueñaron de la unión legal con sus clausulas que fustigan toda afirmación del placer que brote fuera de ese refugio temporal llamado hogar), no me resulta descabellado que sean ellos, los hetero, quienes dispensen el visto bueno, después de todo, somos los jotos queriendo imitar sus rituales de inspiración conservadora y no al revés. De lo contrario: ¿cómo explicar esa obsesión semántica arraigada en buena parte de los activistas gays de salvaguardar el término matrimonio en la unión legal entre personas del mismo sexo, y consideran que la construcción de expresiones como sociedades de convivencia son tecnicismos discriminatorios? ¿Por qué no habríamos de redactar nuestros propios contratos matrimoniales, con otros términos más apegados a nuestras debilidades, otros nombres?

Es una cuestión de igualdad ante la ley, me dicen con tal de que entre en razón. ¿Y cuál es el rasero de la igualdad? ¿Igual a quién? ¿A los bugas? Es un asunto de derechos civiles, de ampliar el espectro de garantías sociales, de patrimonios. Perdón, pero la sola premisa de que sólo estando casados se pueden tener más certezas en la protección del estado me resulta anacrónica y de un conservadurismo aplastante.

No estoy en contra del triunfo ni del legítimo anhelo de casarse por las razones que sean. Simplemente no me trago el aliento progresista o liberal que se le quiere colgar a la aprobación del matrimonio gay tanto en Irlanda como en Zitácuaro.

stereowences@hotmail.com

http://twitter.com/wencesbgay