El nuevo orden

And you say, I only hear what I want to

He cancelado un par de invitaciones porque muchos organizadores están convencidos que discusiones gays consiste en regodearse dentro del gueto rosa.

Me gustaría aclarar algo: mamón no es un adjetivo que me describa. Al menos no en las situaciones más escuetas, jamás he sentido náuseas cuando me sirven un plato de sopa con un pelo flotando entre los fideos, por ejemplo. Por otro lado, tampoco puedo negar mi esencia mamonsísima e insufrible cuando me obsesiono en eso de los vericuetos musicales, me gusta echar en cara que almaceno la discografía completa con todo y las ediciones japonesas y holandesas de Sonic Youth y hasta un siete pulgadas del proyecto Cicconne Youth (Sonic Youth más Mike Watt de The Minutemen) en el que coverean dos tracks de Madonna, “Into the Groove(y)” y “Burnin up”, lo robé de casa de un bato que conocí por una página de contactos, resultó ser un fan psicópata de Madonna, me contó que hizo todo lo posible por estar en su clase de aeróbics cuando La Reina del Pop inauguró la sucursal de su cadena de gimnasios para la Ciudad de México. Espero nunca lea esta columna y empiece a correr la voz que soy uno de esos perfiles que ligan tipos para vaciarles los departamentos.

En fin. Que no soy mamón.

Últimamente no he aceptado algunas invitaciones a entrevistas y conferencias por varias razones. Una de ellas es que los excesos al fin me están cobrando facturas y mi salud no pasa por su mejor momento que digamos. Pero tampoco es que sea la razón principal. Me he negado a participar en entrevistas, programas de radio y televisión por internet y conferencias porque descubro que más que promover un sano debate con las oposiciones que ello implica, intentan cimentar pequeños y efímeros retablos en donde un puñado de gays y demás miembros de la cada vez más desdibujada comunidad LGBTTTI pretenden regodearse en fantasías de lamentaciones trasnochadas, o celebrar los estereotipos gay que, para mí, confunden con inclusión y con los que no estoy de acuerdo. En una mesa en la que había que abordar el tema de la homofobia incluyendo crímenes de odio, al recibir mi ponencia sobre la posibilidad que tenemos los homosexuales de defendernos físicamente, optaron por cancelar amablemente mi invitación, argumentando que no eran promotores de la violencia. Por otro lado yo decliné de participar en otra mesa cuyo tema era “la nueva homosexualidad” porque rastreando el perfil de los colegas que compartirían el micrófono, concluí que para ellos nuevo homosexual equivalía a tener conciencia del equilibrio de los chacras, indignarse porque en Zitácuaro siguen negando la posibilidad de los matrimonios entre personas del mismo sexo y creer que Conchita Wurst tiene más huevos que Sylvia Rivera sólo por triunfar en ese circo de freaks llamado Eurovisión.

He cancelado un par de invitaciones porque muchos organizadores están convencidos que discusiones gays consiste en regodearse dentro del gueto rosa, expresar sólo lo que quieren escuchar, lamerse las heridas de siempre y que pareciera las mantienen abiertas para que la autocompasión sea real. Pocas, muy pocas veces intentan atizar diálogos que rebasen la zona de confort. Cuando eso suceda, cuenten conmigo.

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