Noches de Ópera

'Florencia en el Amazonas', el acontecimiento operístico del año


Mientras la ópera de Bellas Artes sigue gastando y desgastándose en mediocres puestas en escena de los caballitos de batalla operísticos —salvo el excelente I Puritani de mayo, en septiembre puso una enésima Carmen indigna siquiera de comentarse y en noviembre una enésima Bohème de igual calibre—, en octubre tuvimos la fortuna de asistir, en Texcoco y en el Centro Nacional de las Artes (Cenart) de Ciudad de México, al estreno escénico en América Latina de Florencia en el Amazonas, la antepenúltima ópera del mexicano Daniel Catán (1949-2011). La penúltima fue Salsipuedes (2004) y la última, Il Postino (2010), estrenada y grabada en DVD por Plácido Domingo. Florencia en el Amazonas se estrenó en la ópera de Houston, Texas, en octubre de 1996. Ahora, veinte años después, se estrena en México, aunque tuvo una representación en forma de concierto en el Palacio de Bellas Artes en 1999.  Bellas Artes, en su momento, arguyó problemas técnicos para cancelar la producción de Houston.

No es frecuente que las óperas destaquen por sus libretos. Con frecuencia, muchas de ellas valen por su música y a pesar de sus textos. No es el caso de Florencia en el Amazonas, que cuenta con un libreto imaginativo, profundo, realmente hermoso, de Marcela Fuentes-Berain. Los espíritus de García Márquez y de Fellini flotan entre las palabras y las acciones del texto. Un grupo de aficionados a la ópera se embarca en un puerto fluvial de Colombia para navegar por el Amazonas hasta Manaos, en cuyo teatro de ópera va a cantar Florencia Grimaldi, una célebre diva que ha cancelado su participación en la Scala de Milán por esta sudamericana. Todos ignoran que la Grimaldi viaja de incógnito en el barco. Se trata, en realidad, de una suerte de Viaje a Citerea, en el que todos se embarcan en pos del amor: la Grimaldi, en busca de Cristóbal, su amado cazador de mariposas desaparecido en la Amazonía; Álvaro y Paula, en pos de un nuevo impulso a su deteriorada relación; Rosalba y Arcadio, quienes encuentran la una en el otro a su pareja amorosa.

Ningún compositor, a fines del siglo XX y comienzos del XXI, puede jactarse de ser enteramente original. Hay el peso de una enorme tradición musical a sus espaldas. En el pasado, el mismo Mozart debió tanto a Haydn, como Bruckner a Wagner, o Verdi a Rossini. De modo que, aunque afirmemos con propiedad que en esta ópera ya advertimos un lenguaje personal, encontramos ecos de otros compositores. En el coro inicial y su acompañamiento orquestal advertimos al Stravinsky de Les Noces; y durante toda la ópera, ecos de Debussy —en los recitativos sostenidos por una ondulante y constante línea melódica orquestal—  y de Puccini —en el melodismo de las partes vocales, particularmente de las arias de Florencia. La originalidad consiste en la madurez con que el compositor ha asimilado las influencias, y tal es el caso de esta bella ópera de Catán.

La empresa corrió a cargo de la Orquesta Sinfónica Mexiquense, dirigida por Rodrigo Macías. El elenco incluyó a algunas de las mejores voces operísticas del México de hoy. María Katzarava, en el rol epónimo, hizo una diva creíble, una Grimaldi dueña en plenitud de sus medios expresivos: afinación, bella voz, emisión, línea de canto, color, moviéndose a sus anchas en los difíciles saltos de la voz media a los agudos. A ella le correspondieron las dos únicas arias propiamente tales de la ópera. El excelente barítono Genaro Sulvarán creó a Ríolobo, un personaje mítico del río que, además, presentaba a los diferentes personajes. Muy bien las otras dos parejas, la Rosalba de la soprano María Fernanda Castillo y el Arcadio del tenor César Delgado, así como el Álvaro de Luis Ledesma y la Paula de la mezzo Rocío Tamez. El barítono norteamericano Héctor Vásquez, como el capitán, estuvo a la altura de la empresa.   

Sin embargo, tanto en la representación del Estado de México —en el Teatro Sala de conciertos Elisa Carrillo del faraónico Centro Cultural de Texcoco— como en la del Teatro de las Artes del Cenart— advertí, a pesar de la buena calidad general, un volumen exagerado, escaso de matices, tanto en la orquesta como en los cantantes. La partitura de Catán es clara al respecto: señala matices de dinámica: mezzofortes, pianos, incluso pianísimos. Pero esos matices no eran respetados suficientemente —responsabilidad de Rodrigo Macías, el director concertador— y todo sonaba a menudo forte, incluso estridente. Una lástima para una partitura con tantas excelencias como ésta.

La dirección escénica del colombiano Simón Saad y su equipo, cuidadosa, detallista, resolvió con proyecciones los mayores problemas escenográficos con un resultado sobresaliente. Vivimos, sentimos, el trópico amazónico, a través de esas imágenes.

Bellas Artes está en deuda con esta ópera. Está obligada a montarla en un futuro que, esperamos, no sea lejano.