Noches de Ópera

Estreno de "La Rondine" en Cuernavaca

La Compañía de Ópera de Morelos, dirigida por Jesús Suaste, sigue produciendo grandes cosas. Ahora acaba de realizar (22, 24 y 26 de noviembre) el estreno en México de esa ópera de Puccini (1858-1924), tan injustamente menospreciada por los teatros de ópera y el público: La Rondine (La golondrina), de la que existen tres versiones: la de 1917 (estreno en Montecarlo), la de 1920 y 1921. Es decir, hubieron de transcurrir 96 años para que se estrenara en México. Estreno de lujo, sin embargo, no solo porque significa un triunfal retorno de José Solé a la dirección operística, sino porque se trata de un espectáculo musical redondo, casi sin fisuras. Todo funciona en esta producción de Benito Alcocer: la orquesta de la ópera de Morelos, disciplinada, bajo la exigente dirección de Carlos García Ruiz, el elenco, el coro, la escenografía, la coreografía y la iluminación.

Sorprende, a nivel argumental, la enorme semejanza que guarda con La Traviata de Verdi: ambas tratan el tema de la mujer galante que se redime por el amor pero que, prisionera del pasado, renuncia a él. A nivel estructural, la distancia que hay entre el carácter frívolo de los dos primeros actos y el tercero, enteramente dramático y que es en sí una ópera completa. A nivel musical, que una partitura de tal delicadeza, de tal riqueza armónica y orquestal, haya sido tan injustamente preterida. La Rondine debería ocupar un lugar junto a La Bohéme o Tosca en el repertorio pucciniano.

La joven soprano Claudia Cota, en el papel protagónico de Magda, tiene una gran presencia, tanto por su belleza física —generosamente apoyada por el vestuario y la dirección escénica—, como por la de su timbre vocal. En los dos primeros actos, en los que su voz se mueve mucho en las partes baja y media de la escala, se vuelve poco audible; pero en el tercer acto, en el que debe moverse en la zona aguda, la percepción de su voz mejora muchísimo, tanto en volumen y belleza vocal, como en expresión dramática. Claudia Cota puede y debe mejorar el volumen en las zonas media y baja de su voz. El tenor Dante Alcalá hace un Ruggero que le viene como anillo al dedo. Su personaje del galán apasionado no tiene secretos para él. Se mueve con naturalidad y alegría en todas las zonas de la escala, con timbre y canto homogéneos, sin alterarlos. Y sobre todo, es un tenor lírico expresivo, musical, con volumen adecuado. La soprano Cynthia Sánchez como Lisette y el tenor José Guadalupe Reyes como el poeta Prunier son, como Musetta y Marcello en La Bohéme, la contraparte festiva de la pareja central. Cantan muy bien los dos, respondiendo a las intenciones irónicas de Puccini. El barítono Armando Gama, excelente como Rambaldo, al que dota de un carácter siniestro, y el resto del elenco, particularmente las sopranos Elisa Ávalos y Teresa Cabrera y la mezzo Lydia Rendón, están a la altura de la producción. El coro, dirigido por Christian Gohmer, impecable.  

Brillante la dirección escénica de José Solé, de una claridad, transparencia y belleza plástica que la iluminación magistral de Carlos Arce no hace sino acentuar. Lo mejor, sin duda, de este trabajo, es el realizado en el tercer acto, el más bello, intenso y musical de la obra, en el que a la luminosidad del día de playa se contrapone el drama de ruptura de la pareja. Este cronista se lleva grabado para siempre en la retina la imagen magnífica de Claudia Cota abriendo los brazos y extendiendo las alas de su vestido blanco, disponiéndose a volar sobre el azul celeste, a irse de la vida de su amado.

Cuánto ganaríamos si todas las orquestas de ópera de México tocaran tan disciplinadamente como la de la ópera de Morelos. Para eso hacen falta directores concertadores de la experiencia y exigencia de un Carlos García Ruiz, un hombre con cuya presencia en el podio la Ópera de Bellas Artes se sentiría honrada. Su dirección musical hizo justicia a la armonía y soberbia orquestación de Puccini.