Noches de Ópera

‘Don Giovanni’ seduce en Bellas Artes

Dentro de la mediocre programación de la Ópera de Bellas Artes para 2015 —imperdonable la cancelación del Billy Budd de Benjamin Britten— respiramos mejor con la que algunos, entre ellos Kierkegaard, afirman ser la ópera de las óperas, Don Giovanni de Mozart.

La actual producción es la misma de marzo de 2009 en el Teatro de la Ciudad, sólo que perfeccionada escénicamente y con mucho mejor elenco y dirección musical. El mayor logro de esta producción es que responde a un concepto de la obra y del personaje. Gran mérito del director Mauricio García Lozano. En la puesta de 1997, Don Giovanni aparecía como personificación de la sed de poder y dominio. Ahora es un seductor, una energía sexual insaciable y un egocéntrico dominador desde su clase social, lo cual era la intención de Da Ponte y Mozart. La escenografía de Jorge Ballina consiste en una tarima giratoria sobre la cual descansa una cama, a la que se añadirán, en su momento, una serie de rectángulos que fungirán como puertas, marcos, mesas, incluso un monumento funerario con los fantasmas de las mujeres abandonadas por Don Giovanni y, en su cumbre, la estatua del Comendador. En la parte superior del escenario, un gran espejo inclinado que desempeña múltiples funciones: sugiere uno erótico de motel, o uno en que la vanidad de Don Giovanni duplica su imagen, o el lugar donde ocurren acciones que no vemos directamente, como la presencia del Comendador en la cena. La iluminación de Víctor Zapatero es de primer orden. El vestuario, muy logrado en las comparsas, no señala, en los protagonistas, una época definida, sino, por su carácter misceláneo, una imprecisa.    

Para el personaje central, Bellas Artes hizo una gran contratación: el barítono inglés Christopher Maltman, uno de los mejores intérpretes de Don Giovanni de la actualidad. En su papel, Maltman es una fuerza de la naturaleza. Estupendo y carismático actor, posee, como cantante, una bella y sensual voz de barítono que, como anotó Luis Gutiérrez en su crónica, casi se puede tocar. Un Don Giovanni en la tradición de los grandes: Siepi, Waechter, Ghiaurov, Thomas Allen, británico como él. Una de las paradojas de este personaje es que, siendo el protagonista, no cuenta siquiera con un aria que lo defina musicalmente y que sólo intervenga con recitativos y pequeños ariosos como el veloz y vehemente “Finchan’an dal vino” o la canzonetta “Deh! Vieni alla finestra”. El dúo “Là ci darem la mano” con Zerlina es, sin duda, su intervención más bella. Es tal la fuerza de este personaje, la escena de su “muerte” tan poderosa, que cuando nos quedamos sin él y los demás personajes cantan su sexteto moralizante en el segundo final, anticlimático, percibimos, por el contraste, la pequeñez humana de quienes se han quedado. La soprano italiana Erika Grimaldi es otro acierto en la contratación: una Donna Ana de grandes recursos: cantó sus difíciles arias sin ahogarse en la altura de la Ciudad de México. Su canto brilló en todos los registros de la voz. La soprano mexicana Olivia Gorra tuvo un desempeño irregular como Donna Elvira, la histérica esposa que siempre aparece oportuna para desbaratar los amoríos de Don Giovanni, en una suerte de coitus interruptus: en la zona media de la voz estaba cómoda y sonaba muy bien, pero en los numerosos agudos gritaba de manera desagradable. Su dicción también dejó que desear. El Leporello del barítono mexicano Armando Gama, tuvo una gran noche. Voz, canto, interpretación, irreprochables. La joven soprano mexicana Angélica Alejandre nos dio una Zerlina bien actuada y correcta en el canto: ella tiene tres arias de una gran belleza y no decepcionó. El pusilánime don Ottavio requiere de un tenor lírico con dominio soberano del legato y los reguladores. No fue el caso de joven tenor Ernesto Ramírez, cuyo timbre no me parece muy mozartiano, y su canto, algo duro. El joven barítono mexicano Juan Carlos Heredia fue un notable Masetto: bella voz, canto correctísimo, interpretación con buen sentido del teatro, aunque sus movimientos escénicos eran demasiado elegantes para un campesino. El Comendador requiere de una voz de bajo imponente, que atemorice con sólo oírla. El bajo barítono Guillermo Ruiz estuvo muy cerca de lograrlo.

La orquesta, dirigida con mano firme por el serbio Srba Dinic, por fin sonó a Mozart, a la vez delicada y poderosa, con detalles de gran belleza. Indignante, el hecho de que, durante la fiesta de Don Giovanni y luego en la cena final, la pequeña orquesta que toca en el escenario las piezas de Soler, Sarti y de Le nozze di Figaro haya sido reemplazada por una grabación. Es la mosca en la sopa en una noche de ópera en muchos sentidos memorable.