Interés Público

Las tribus y el mundo

La copa mundial es cada vez más mundial. A diferencia de los primeros campeonatos de futbol que reunían a unos cuantos países de Europa y Latinoamérica, los más recientes abarcan buena parte del planeta. Como contraste, puede ser vista como un fenómeno tribal: como sentimiento de pertenencia a un grupo que no solo se distingue de otros, sino que se enfrenta a ellos. En este contraste, que puede ser contradicción o complemento, se expresa una de las más importantes peculiaridades de la humanidad.

Las teorías recientes de las emociones, siguiendo a Darwin y contradiciendo las ideas de la modernidad (siglos XVIII a XX) consideran que hay emociones comunes a todo ser humano, que son producto de la evolución y que tienen o tuvieron un valor adaptativo: una utilidad para la sobrevivencia de la especie. Nuestras emociones se orientan a darnos placer por actividades que nos permiten sobrevivir y reproducirnos (alimento y sexo) y a evitar peligros que nos amenazan. En esto último intervienen las emociones tribales, fáciles de observar en un partido de futbol.

¿Por qué nos emocionamos tanto cuando un equipo de futbol, formado por gente que ni conocemos, pero que supuestamente representa a nuestra nación, gana o pierde? La teoría evolutiva de las emociones tiene una respuesta: una emoción fundamental es formar parte de un grupo y ver en otros una amenaza. Durante decenas de miles de años una de las mayores amenazas que enfrentaron el homo sapiens y sus ancestros fue el de otros grupos de la misma especie. ¿Primitivo? Sí, en algún sentido. Pero ¿qué otra cosa son nuestras reacciones ante un partido de futbol en el que “los nuestros” juegan?

Hay emociones que han dejado de tener sentido, que han perdido su función de ayudarnos a sobrevivir. Todavía hoy los seres humanos formamos grupos, y nos relacionamos con otros a partir de relaciones de suma cero (lo que un grupo gana, el otro lo pierde). Como en los partidos de futbol. Pero no todas las relaciones entre nuestra especie son así.

Hay también relaciones de suma positiva (donde todos ganan) y de suma negativa (donde todos pierden). Una tragedia ecológica sería el segundo caso: todos perdemos. Una ecología más segura, sustentable, sería un juego de suma positiva: todos ganamos. Cuando los juegos o las relaciones en nuestro mundo no son de suma cero, estamos una nueva situación: somos una sola tribu. Ya no hay tribus rivales que puedan arrebatarnos nuestro bienestar o nuestra existencia, o a las que podamos arrebatarles lo suyo.

El mundial, carnaval de sumas cero, de triunfadores y derrotados, es también un juego de suma positiva. Nos enteramos de que el otro existe. ¿Cuántos mexicanos saben dónde está Camerún, o Croacia, cuántos habitantes tienen, qué religión, qué idiomas? Algunos se han informado de esto gracias al futbol. Nos conocemos mejor, vemos que compartimos emociones y anhelos. Que hay una igualdad básica de los seres humanos, independientemente de las muchas diferencias.

Las emociones tribales llevan a una contienda civilizada, que nos puede ayudar a ver que somos una sola tribu. Aquí hay algo paradójico, y por tanto interesante (¿qué clase de emoción nos generan las paradojas?). El fin de la modernidad tiene que ver con el nacimiento de la imagen de un mundo único para todos los seres humanos, frágil y limitado (podemos destruirlo), imagen que nos muestra nuestro destino común. Las emociones de la tribu pueden contradecir esta imagen y romper esa unidad. Pero pueden componerla, mostrándonos que este frágil mundo que hemos heredado no es de color gris, sino una maravilla multicolor con muy diferentes países, culturas, individuos.

Profesor investigador de la Universidad de las Américas Puebla.