Interés Público

Tres tercios

Hace tiempo, platicando con alguien que sabe de estas cosas, me decía que el problema de la política social en México es que se perdió el equilibro entre los tres tercios en su implementación: los que saben, los que no saben y los políticos.

No había cinismo, sino realismo en su apreciación. Aceptaba que en la administración pública mexicana hay gente que no sabe, hay políticos que participan con intereses políticos, y hay gente que sabe de la política que está implementando y está comprometida con ella. Y que debe haber un equilibrio. No señaló la proporción. No eran tres tercios en realidad, sino tres partes con las que hay que contar.

Las políticas sociales en México han contado con enormes recursos en las últimas décadas. Recursos económicos, pero también de capital y capacidades humanas. Han participado en ellas gente preparada y comprometida en la lucha contra la pobreza. Pero no solo ellas: también gentes sin capacidad ni compromiso y políticos comprometidos con sus intereses personales, de grupo o de partido.

Con realismo, se acepta que en este momento las tres partes van a estar presentes. Pero debe haber un equilibrio. Si se pierde a favor de los políticos y de los que no saben ni quieren, la política fracasará. Por más bien que esté diseñada. Por más recursos económicos que tenga. Y la poca eficacia que han tenido nuestras políticas sociales se debe a la injerencia excesiva de los políticos y de los que no saben.

Ignoro si este problema ha sido evaluado. Si ha tratado de hacer algo al respecto. Si algo ha cambiado o todo sigue igual. Es claro que es un problema complicado. Escapa por ejemplo a las capacidades del presidente de la República: difícilmente podría valorar y corregir a todo el personal dedicado a la política social. Quizá si fuera lo único que tuviera que hacer. Pero además de múltiples problemas políticos tiene la responsabilidad de todo el personal de la administración pública federal, varios cientos de miles de personas.

Quizá un secretario o subsecretario podría tener esa responsabilidad. Pero no es fácil. Tendría que enfrentarse por un lado a los "políticos", a gente con poder e influencia que quiere utilizar a favor de su grupo o de su persona los recursos de la política social. No siempre un secretario puede limitar a un gobernador, a un diputado, a un senador, o a cualquier otro político con influencia.

Además no es fácil contar con el personal capacitado, comprometido y motivado para llevar a buen fin la implementación de las políticas. No siempre existe. Es más frecuente encontrar personas interesadas solo en mantener su trabajo, sin interés real en el mismo, sin motivación para alcanzar los objetivos propuestos, sin compromiso con el espíritu de las políticas públicas en las que labora.

Y cuando se rompe el equilibrio mencionado se cae en un círculo vicioso: si la cuestión se politiza, la gente capaz se desanima y se aleja; si no se cuenta con un equipo suficientemente eficiente, lo mismo.

Aunque lo anterior se refería a la política social, puede aplicar a todas las políticas públicas. La reciente reforma educativa por ejemplo. Ha sido despectivamente considera por algunos como una reforma laboral. Pero no puede haber buena educación sin buenos maestros. Y ese es el espíritu de la reforma. Es importante considerarla así no para defenderla, sino para evaluarla en el corto y mediano plazo. Si no da lugar a mejores maestros, más preparados, comprometidos y apasionados por la tarea de educar, habrá fracasado. Si no cambia el equilibrio de las tres partes, minimizando a los políticos y a los que no saben. Quitar el monopolio de la educación básica a las normales debe verse desde esta perspectiva. Y evaluar no solo a los maestros, sino a los resultados de la reforma.