Interés Público

2 de octubre

El pasado martes 1 de octubre se presentó en el Ayuntamiento de Puebla el libro México 1968. ¡¿Otra historia!?, escrito por Manuel Díaz Cid, Jaime Ángel Chama y Alejandro Guillén. El libro tiene dos objetivos, o más bien uno, cuestionar las interpretaciones sobre el movimiento estudiantil del 68, que lo lleva a otro, analizar dicho movimiento.

No deja de ser interesante que a 45 años de ese acontecimiento se sigan escribiendo libros sobre el mismo. El aquí comentado es un libro extenso e intenso: 860 páginas minuciosamente escritas donde se reconstruye con detalle el movimiento y su contexto. Curiosamente, aunque el objetivo no es el movimiento sino las interpretaciones que lo han convertido en un mito y un ritual, en una fecha originaria de la transición democrática, el libro se concentra más en la reconstrucción del movimiento que en el análisis de las interpretaciones.

No sólo por su extensión el libro puede considerarse un libro monumental. También por la cantidad y calidad de trabajo que contiene. Recuerda la noción de religión que Ortega y Gasset considera la original: re-lego como lo contrario a nec-lego: lo religioso sería lo contrario a lo negligente, descuidado, abandonado. El libro está escrito “religiosamente”: con cuidado, escrupulosidad, atención.

Pero la religiosidad está en el libro en otro sentido. Está en su eje conductor: se critica que el movimiento del 68 haya sido interpretado en clave religiosa, como un mito, “como parte del relicario de episodios que conforman la historia nacional”. El acontecimiento histórico ha dejado de ser tal y se ha convertido en un hecho religioso.

Datos, argumentos, ideas están tejidos en torno a la crítica de esta interpretación mitológica o religiosa del 68. Los autores demuestran convincentemente que no hubo miles de muertos, ni hornos crematorios, ni fusilamientos. Los hechos del 2 de octubre en la Plaza de las Tres Culturas fueron mucho más complejos de lo que el mito quiere ver: un genocidio del Estado contra la población. Son convincentes además los argumentos de los autores en cuanto que se trató de un movimiento muy limitado en lo social y en lo geográfico: no trascendió a los estudiantes universitarios, por más que hubiera consignas invitando al pueblo e intentos para integrar a los obreros; y prácticamente se limitó a la Ciudad de México.

Se dice que la psicología moderna es capaz de reconocer las emociones en el rostro humano. Algo similar se podrá hacer con la escritura. Aun sin ser psicólogo, creo que cualquier lector de este libro notará desde el principio de la lectura una emoción de los autores: enojo. Lo que llama la atención para quienes los conocemos: no es fácil imaginar enojados a Manuel Díaz Cid y a Alejandro Guillén (A Jaime Ángel no lo conocía), ejemplos en su trato de bonhomía, de calidad y calidez humana.

¿Por qué les enoja tanto que el 68 sea interpretado en clave religiosa? Los autores son convincentes para demostrar que ese movimiento no tiene las cualidades para adquirir el nivel de mito de la transformación del país, o del inicio de la transición. Aunque sí reconocen lo mismo que las interpretaciones dominantes: que las tres o cuatro decenas de muertos del 2 de octubre fueron “un monto demasiado alto para un régimen que técnicamente era civilista”, y que por tanto ese acontecimiento fue una “herida mortal… en la legitimidad del régimen nacional-revolucionario”.

Sus argumentos y conclusiones son convincentes. Entonces ¿por qué el enojo ante quienes han querido ver al 68 como parte de una mitología con rasgos religiosos? Les pregunté, pero no me contestaron. El asunto lo planteó bien Borges: “¿Habrá algo que sea sagrado? ¿Habrá algo que no lo sea?