Interés Público

¿Todos son lo mismo?

No es que haya panistas buenos o malos: hay gente con necesidad, y trata de resolverla formando grupos.

En entrevista reciente Ernesto Ruffo hace una lapidaria crítica de su partido, el PAN. La crítica no es nueva: que el panismo ha dejado las convicciones políticas por los intereses personales. Pero tiene un matiz distinto, con una buena dosis de realismo: en lugar de recurrir a elaboraciones ideológicas (“doctrinarios contra pragmáticos”, por ejemplo), Ruffo analiza al ras del suelo la actitud de los panistas: en México domina la necesidad, y la gente ingresa a los partidos para obtener puestos públicos que satisfagan sus necesidades. ¿Pasa lo mismo en todos los partidos? ¿Pasará con los tres de reciente registro?

Los dichos del senador bajacaliforniano tienen un tono tan realista que desaniman. No es que haya panistas buenos o malos: hay gente con necesidad, y trata de resolverla formando grupos en torno a “alguien” que pueda darle algún puesto público. Curiosamente, aunque pueda parecer heterodoxa, la evaluación del senador coincide con la de su propio partido. Después de las derrotas en las elecciones federales de 2009 y 2012 el panismo evaluó las razones de su derrota y encontró algo similar: lo que falló fueron los panistas, que buscaban su propio interés y no el bien común.

La autocrítica es tan realista que parece no haber alternativa. Los políticos, los del PAN y los demás, no serían muy distintos del resto de los mexicanos: andan en lo suyo, en la satisfacción de su “necesidad”. Pero el problema es el de siempre: si cada quien solo ve para su santo, si cada uno actúa solo en función de su interés egoísta, ¿dónde va a acabar la sociedad?

Hay respuestas ideológicas y moralistas: cambiemos a los actuales políticos por otros con una ideología y una moralidad distintas. Pero eso ya se ha vivido con las diversas alternancias que ha tenido el país, y ha resultado que la necesidad se impone sobre las ideas y los propósitos.

Hay otras respuestas, “institucionales”, es decir, basadas no en la moralidad interna de los políticos, sino en las reglas externas a ellos, que premiarían sus buenas acciones y castigarían las malas. Empezando con la democracia electoral, que da y quita el poder, y siguiendo con un entramado muy complejo de rendición de cuentas, que pasa por la división de poderes, la opinión pública, etcétera.

Pero no es una solución simple ni inmediata. Leonardo Curzio ha hablado del nihilismo electoral: la idea de que las elecciones no sirven para nada. No parece haber alternativa a los malos gobiernos y a los malos políticos.

¿Cambiará algo con los tres nuevos partidos a los que el INE acaba de registrar (Morena, Encuentro Social y Partido Humanista)?

Salvo Morena, el 99% de los mexicanos no tienen claridad sobre el carácter de estos nuevos partidos. No parece que vayan a despertar un entusiasmo ciudadano que genere el cambio, o liderazgos que lo produzcan. Morena ciertamente puede ser la excepción. Es un partido en torno a un líder importante, Andrés Manuel López Obrador. Un líder que suscita entusiasmos y rechazos. Pero no es que ese liderazgo sea capaz de generar los cambios que el país requiere, cambios que no dependen del ejecutivo federal solamente y que van, ya lo dijo Ruffo, hasta las actitudes básicas de los políticos de distintos niveles. ¿O será que lo dicho por este senador panista no se aplica a los seguidores de López Obrador? Sería raro.

El nihilismo político parecería estar justificado. Pero quizá solo desde una actitud que enfatiza lo negativo, y no ve los cambios positivos, que los hay. Y quizá solo desde una perspectiva de corto plazo, que pierde de vista la tendencias de cambio que pueden dar mejores frutos a largo plazo.