Interés Público

Estado liberal, estado poderoso

Bien dice Giovanni Sartori que de las etiquetas que resumen la lucha política de los siglos XIX y XX, liberalismo, democracia, socialismo y comunismo, la más incomprendida y la más difícil de comprender es el liberalismo. Quizá la mayoría de la gente asocia este término con el del Estado mínimo, el estado gendarme se concentra en perseguir delincuentes y que en otros ámbitos, como la economía, se limita a “dejar hacer y dejar pasar”.

Una idea tan difundida como falsa. Lo cierto es que el liberalismo exige lo que Pedro Salazar plantea como “Un Estado limitado pero, al mismo tiempo, poderoso”. Su ensayo “Confesiones de un liberal” es uno de los más sugerentes del libro de José Antonio Aguilar Rivera que comenté la semana pasada, La fronda liberal.

El liberalismo político trata de responder a una pregunta: cómo limitar al poder público para evitar que dañe a los individuos. Su preocupación es protegernos de los abusos de los poderosos. Y buena parte de la respuesta está en hacer que el poder público se limite a sí mismo. De ahí todos los mecanismos de división de poderes y rendición de cuentas. Tratan de organizar al Estado para evitar que dañe a las personas, para limitarlo. Pero para que esa limitación sea eficaz se requiere de un Estado fuerte. Un Estado limitado y al mismo tiempo poderoso.

Viendo el caso mexicano a partir de este planteamiento es fácil desanimarse. No hemos tenido ese Estado poderoso. Los liberales del siglo XIX vivían una especie de depresión política al constatarlo. Un país sin Estado fuerte, en el sentido de ser capaz de autolimitarse, de hacer cumplir la ley para proteger a los ciudadanos ha existido en forma muy parcial.

Hay muchos ejemplos. La semana pasada viajé a Oaxaca y al llegar a la caseta de Huitzo estaba tomada por indígenas triquis. Una amable mujer, vestida con un hermoso huipil rojo, nos dijo que estaban pidiendo una cooperación de 50 pesos y que con eso ya no pagábamos la caseta. Es decir, un grupo de privados se apropió de un bien público, la recaudación por el uso de la autopista. Le pregunté que para qué era la recaudación: “para una escuela”. Pregunté qué escuela: “una escuela primaria”. En dónde, seguí preguntando: “en Putla”. Como la acompañaban personas con palos y machetes no inquirí por los detalles y me fui.

En el centro de Oaxaca otra apropiación privada de un bien público: los maestros de la CNTE dueños del zócalo de la ciudad. Nada nuevo, pero sí molesto y dañino para el principal ingreso de los oaxaqueños, el turismo. Otros privados en Guerrero amenazan con quitar, con violencia, otro bien público: la capacidad de los ciudadanos de elegir a sus autoridades.

Todos estos casos hablan de la ausencia relativa, ineficacia o discreción del Estado liberal, limitado y poderoso, que tiene el deber de aplicar la ley para proteger el interés público.

Menos visibles, pero con consecuencias más graves, son las incursiones de los poderes económicos en la esfera pública para obtener beneficios privados. Y aquí el texto de Salazar hace un planteamiento interesante. Siguiendo a Luigi Ferrajoli nos dice que la propiedad privada, siendo un derecho para los liberales, es un derecho muy particular: puede volverse un poder que dañe los derechos de otras personas.

La concentración de propiedad en los privados ha sido siempre una amenaza. El Estado liberal debe tener el poder suficiente para hacerle frente. En cierto nivel la propiedad privada da seguridad y protección a los individuos. En otros niveles, la concentración excesiva de riqueza en pocas manos es una amenaza para esa seguridad y protección. Por eso para los liberales, para algunos, se trata de un derecho peculiar, un derecho que implica riesgos.

Y para evitar que esos riesgos se hagan realidad no hay más que el poder del Estado. Una complicación contemporánea es que mientras las empresas privadas son trasnacionales los Estados siguen siendo nacionales. El poder público está en desventaja frente a esos poderes privados. Lo que lleva a la necesidad de un poder público también trasnacional. Que deberá ser limitado, controlado con balances y contrapesos, pero poderoso.