Interés Público

La hegemonía como antipolítica

Aguilar considera que la hegemonía presente en el, ya entonces, viejo priismo, pero también en otras fuerzas políticas, parte de la idea de una sociedad parroquial, comunitaria, sin grandes diferencias ni contradicciones

Las elecciones son indispensables para la democracia moderna, pero no necesariamente son buenas. Se ha criticado que promueven ofertas irresponsables: que fomentan la demagogia y así generan ingobernabilidad, pues dan lugar a promesas que luego no se podrán cumplir. Ahora estamos viendo en México otra consecuencia no deseable: la división del país. Un proceso electoral que enciende y potencia las emociones negativas de la sociedad y de la clase política.

Algunos la llaman guerra sucia, otros, más conceptuales, campañas negativas. En 2006 dividieron al país y quitaron el sueño a muchos. Para la elección de 2018 todo apunta que serán de mayor crudeza y magnitud. O que ya lo son.

Andaba con esa preocupación cuando me topé con un viejo texto de Luis F. Aguilar Villanueva, "La hegemonía como antipolítica". Aguilar Villanueva es el introductor de la teoría de las políticas públicas y de la idea de gobernanza, entre otros aportes.

El ensayo de Aguilar es de 1989. El sistema de partido hegemónico acababa de sufrir uno de sus más fuertes reveses, la elección presidencial de 1988. La crítica del ensayo va en parte contra ese sistema, pero es más amplia.

Considera que la idea de hegemonía, presente en el ya entonces viejo priismo pero también en otras fuerzas políticas, parte de la idea de una sociedad parroquial, comunitaria, sin grandes diferencias ni contradicciones. En una sociedad parroquial, en la que todos piensan más o menos igual y tienen básicamente los mismos intereses, puede haber hegemonía. Puede haber un liderazgo único, paternal, autoritario o tolerante, pero basado en consenso.

En aquel entonces circulaba una idea de "sociedad civil" que correspondía a esta visión de la hegemonía. Según esa idea, la sociedad civil era homogénea, con características comunitarias, y al mismo tiempo contraria al gobierno. Aguilar la cuestionó por no tener sustento en la realidad: toda sociedad civil contemporánea es heterogénea, diversa, con intereses encontrados. Y no todas las partes de la sociedad civil son antagónicas a los gobiernos o al Estado.

El encono de nuestra clase política, a veces excesivamente torpe y primitivo, que hemos visto en estas semanas, tiene responsables, nombres y apellidos. Pero no es un asunto exclusivo de nuestros políticos. Refleja a la sociedad civil, dividida por sus intereses, pero también por sus ideas y perspectivas. Y esto último puede ser más relevante.

Hay que recordar que la palabra partido viene de parte, de parcialidad. Por eso fue rechazada en sus orígenes, hasta que se aceptó que toda sociedad moderna está dividida en partes. Que pretender lo contrario, proponer una hegemonía de un partido único ("parte única") o de un líder, es antipolítica.

Algunos dirán que la división que expresan los partidos es social y económica. Que las clases privilegiadas se concentran en una opción política y los que menos tienen en otra. Parece que no es así. Que las divisiones partidarias tienen más que ver con nuestras ideas que con nuestros intereses. Sin negar que estos tengan un peso importante, la división partidaria en México se da al interior de una misma familia, entre individuos y grupos que tienen una posición socioeconómica similar.

No sé si las ideas de Aguilar, que cualquier observador objetivo de la política contemporánea aceptará, calmen los ánimos ante las guerras sucias que ya estamos viendo y que se incrementarán los próximos meses. No sé si la formación de opinión pública en México (tenemos medios vigorosos y críticos en la formación de esa opinión, al lado de otros que no los son) logre "filtrar" algo esas campañas negativas, aclarando cuáles críticas tienen algún fundamento y cuáles no.

Pero es indispensable, creo, partir del hecho de que estamos en una sociedad moderna, dividida por intereses y por ideas, y que la política democrática no puede ser más que el reflejo de esas divisiones. Podemos quizá civilizarla, pero no anularla. Una forma de civilizarle es hacer pagar los costos a quienes hagan críticas o propuestas sin fundamento.