Interés Público

De Estados fallidos a Estados sobre-institucionalizados

En su último informe como presidente de los Estados Unidos Obama declaró que lo que amenaza a su país actualmente no son los imperios del mal, sino los Estados fallidos. La afirmación es afortunada en el sentido que deja de lado posiciones maniqueas, que consideran como malvados a los enemigos de nuestro vecino del norte. Trata de superar los juicios de valor y llevar al análisis. No son malvados los que amenazan, sino países con un desarrollo político insuficiente.

Lo que lleva al más reciente libro de Francis Fukuyama (Political Order and Political Decay, Farrar, Straus and Giroux, New York, 2014). Recupera una línea de análisis que da cierta autonomía a la política, concretamente del orden y las instituciones políticas, como algo que no depende totalmente ni de la economía ni de la sociedad. Hay un "desarrollo político" que consiste en la formación y funcionamiento de instituciones políticas adecuadas para cada sociedad y cada etapa. Puede haber también un subdesarrollo y un sobredesarrollo de esas instituciones.

Fukuyama considera que hay tres grandes conjuntos de instituciones que han dado lugar a un orden político estable en algunas naciones del mundo contemporáneo: el Estado, el imperio de la ley y la rendición de cuentas.

Su definición de Estado es la de Max Weber: un conjunto de instituciones que monopolizan el uso de la violencia legítima. Aquí es donde coincide con Obama. Hay territorios carentes de ese monopolio. El ejemplo del libro es Libia, que ocupaba mayor espacio en los periódicos en el tiempo en que el libro se redactó. Ahora seguramente citaría el caso de Siria. Ambos son casos de "Estados fallidos".

Hay que aclarar que el término, si bien tiene su utilidad, debe matizarse. No se trata de una dicotomía que divida en dos los tipos de Estado, fallidos y logrados, sino de un continuo con grados muy diversos. No hay ningún Estado totalmente logrado. El de Estados Unidos, por ejemplo, no ha logrado evitar que en su territorio haya el mayor consumo de drogas ilegales del mundo. Ha "fallado" en el ejercicio de la violencia legítima para evitar ese consumo prohibido por la ley.

Pero hay casos extremos. Siria hoy, o Somalia desde hace décadas, carecen de una autoridad central que dé un orden político a sus territorios. El mayor problema es para quienes ahí habitan, desde luego. La inestabilidad, la ausencia de autoridades centrales, el enfrentamiento entre grupos que se disputan el poder violentamente, es causa de sufrimientos directos e indirectos para la población de esos territorios. Directos, por la violencia que suelen sufrir. Indirectos, porque la situación limita las posibilidades de desarrollo social y económico.

Aunque Obama más que a esto se refería a las fuerzas informales que surgen en esos lugares y que dan lugar en algunos casos a grupos terroristas con notables recursos a su alcance, y sin el control de una autoridad formal con la que se pueda discutir y negociar. Pero no hay duda de que los Estados fallidos son un problema para todos, o para casi todos.

El segundo conjunto de instituciones considerados por Fukuyama son agrupadas bajo el término de "imperio de la ley". Se trata ya no de cualquier Estado, sino del Estado de Derecho: aquel en que la autoridad está guiada y limitada por las leyes escritas.

Finalmente, están las instituciones que dan lugar a mecanismos eficaces de rendición de cuentas. No basta con la presencia de leyes escritas. Es necesaria la existencia de instituciones que garanticen su cumplimiento.

El libro no critica solo a las naciones sin Estado. También hace una crítica a los Estados Unidos, donde a juicio del autor hay signos de "decadencia política", de sobre-institucionalización de algunos procesos que dan lugar a problemas. La crisis financiara de 2008, por ejemplo, que expresó una protección excesiva a los grandes bancos, que los lleva a actitudes irresponsables con graves consecuencias para la economía. O un control excesivo sobre el poder público que lo vuelve ineficaz para el control de los grandes intereses privados.

Y analiza también países que tuvieron un desarrollo económico y social relativamente rápido en la primera década del siglo, Brasil y Turquía concretamente, pero que no tuvieron un desarrollo paralelo de sus instituciones políticas.

Se ha criticado a Fukuyama de simplificar y generalizar en sus análisis. Lo que es en parte cierto. Pero ¿hay algún análisis que no simplifique y generalice de alguna manera? En su más reciente libro el profesor de la Universidad de Stanford nos muestra cuestiones dignas de atención y análisis. No es necesario estar de acuerdo con él para reconocer la importancia de los temas tratados y de la perspectiva elegida.