Interés Público

Los dos demonios

 Aunque las élites políticas del país están sometidas a la crítica pública, tratan de evadir los problemas y necesidades sociales para hacer prevalecer su interés particular.

Converso con uruguayos sobre la tragedia que vivieron durante la dictadura militar (1973-1985), uno de los peores capítulos de la historia de la infamia en América Latina. Parte de la explicación de esa tragedia, con su dosis de asesinatos, desapariciones y torturas, ellos la ven en la teoría de los dos demonios. Por un lado, el demonio de la oligarquía política y económica que desentendió los problemas de la sociedad. Por otro, grupos radicalizados que creían que bastaba con recurrir a la violencia para quitar a esa oligarquía del poder para resolver los problemas del país. ¿Tiene eso algo que ver con la situación actual de México?

Hay algo, o mucho, del primer demonio. Aunque las élites políticas del país están sometidas a la crítica pública (de los medios y de las redes sociales) tratan de evadir los problemas y necesidades sociales para hacer prevalecer su interés particular. Buena parte de nuestra clase política está preocupada por ganar la próxima elección, sea como sea. "Saber ganar elecciones" parece ser el mayor mérito político para algunos. Poco importa qué se hace una vez que las elecciones se ganan. Lo importante es ganar, y prepararse para ganar la próxima.

O ganar simplemente para satisfacer los intereses privados. De ahí los escándalos de corrupción que han alcanzado niveles vergonzosos, que cuando un mexicano ve una obra pública, lo primero que piensa es que algún político está haciendo su "cochinito", su ahorro, sea para su eventual retiro, o para la siguiente campaña electoral. La obra pública es un medio para ese fin privado, de ahí que muchas sean inútiles, defectuosas, o de plano generadores de tragedias, como en Cuernavaca. En la práctica, puede que hoy tenga más vigencia que nunca aquello de que "un político pobre es un pobre político".

Pero esa cortedad de miras, esa irresponsabilidad, tiene consecuencias. Los problemas públicos no se solucionan. La sociedad se decepciona cada vez más de los partidos y de la clase política en general. Se favorece un estado de cosas negativo en sí mismo, pero que abre además la posibilidad de que aparezca el segundo demonio.

Hoy la vía armada en política está desacreditada. Los dos siglos que forman el ciclo de las revoluciones (1789-1989) mostraron que la violencia genera muchos problemas, y que resuelve pocos. Las revoluciones devoran a sus hijos: la mayor parte de los revolucionarios mueren pronto y violentamente. Es un tema más de fondo, pero muchos historiadores han mostrado que las distintas revoluciones no transformaron a sus sociedades.

Pero la forma general del segundo demonio, el simplismo, sí puede aparecer entre nosotros. La idea de que basta con que un partido o una persona lleguen al poder para que todo cambie, para bien.

Las sociedades modernas son sistemas sumamente complejos en sus distintos ámbitos (económico, cultural, social, político). No hay soluciones simples. El cambio positivo y duradero requiere de la participación de diversos actores; de cambios en las reglas del juego, sutiles y bien diseñadas. No sólo de buenas intenciones.

Uruguay vivió una guerra civil en los años previos y durante la dictadura. Los militares la ganaron (igual que en Argentina y Chile) y fueron vencedores brutales, capaces de acciones terribles y vergonzosas. Pero ellos no iniciaron la guerra. Lo hicieron (en Uruguay) grupos guerrilleros capaces de mandar a muchachos de 18 años, sin ninguna preparación política ni militar, a asesinar policías y soldados. Ahí hay una responsabilidad muy seria. Sus buenas intenciones y el hecho de que hayan sido los derrotados y las víctimas no los exime de su responsabilidad. Parte de ella está en el simplismo de sus ideas y propuestas.