Interés Público

Tres cuestiones

Hay varias cuestiones políticas en torno a la grabación hecha pública de una conversación del actual presidente del INE, Lorenzo Córdova. La más obvia, su falta de respeto hacia la forma de expresarse de un líder indígena chichimeca. Otra, que cualquier persona en este país pueda ser espiada de manera ilegal y que las grabaciones resultado de ese espionaje se pueden hacer públicas. Menos obvias son otras cuestiones: la expresión de cierta cultura política del país y el nivel del debate público.

Que burlarse de la forma como se expresa un mexicano que tiene al español como su segunda lengua es un error serio, es evidente. El mismo Córdova tuvo el acierto de reconocerlo y disculparse. No hay más que reprobar ese error y la visión que implica.

El segundo hecho es que se trató de una grabación ilegal. Es cierto y es grave. Pero más allá de la ilegalidad del hecho, creo que es importante también reflexionar sobre la intencionalidad de quien grabó y difundió la conversación. Y de las consecuencias de la misma. Considerar no solo el aspecto legal, sino el político y el ético.

Milan Kundera describe en una de sus novelas una de las formas que el régimen totalitario en Checoslovaquia tenía para desacreditar a sus adversarios: grababa sus conversaciones privadas hasta encontrar alguna frase que pudiera ser motivo de escándalo, y entonces la hacían pública en la radio. ¿Cuánto tardaría cada uno de nosotros en expresar una frase en privado, que sacada de su contexto diera lugar a un escándalo, o al menos a una situación ridícula?

Hay alguien interesado en desprestigiar al INE y a su presidente. ¿Sabremos quién? Las intenciones no son claras, pero es evidente que son aviesas. Tratan de manchar a una de las instituciones más valiosas del país, que costó décadas de esfuerzos, que agrupa logros de algunos de los mexicanos más capaces y talentosos. Creo que ninguna institución como el INE incorpora tantos ciudadanos en sus órganos de decisión (en el Consejo General, en los Consejos Locales, en los Distritales y en las Mesas de Casilla). Creo que pocas instituciones en México tienen un servicio profesional de carrera tan logrado como el del INE. En pocas los interesados, en este caso los partidos, participan tan directa y activamente.

Hasta ahora la trayectoria de Lorenzo Córdova podía considerarse impecable. Por su trayectoria académica, por la forma como llegó a la presidencia del INE, por su gestión al frente de este Instituto. Ya no lo es. Su error lo acompañará de aquí en adelante. Quienes grabaron y difundieron su conversación lograron, al menos en parte, su objetivo.

Y lo lograron porque su ilegal y perversa acción cayó en terreno fértil. En una opinión pública, o en un sector de la misma, ávida de escándalos. Hay algunas voces que han exigido incluso la renuncia de Córdova. Como si funcionarios de su nivel y calidad fueran desechables. Como si una frase aislada y dicha en privado eliminara por completo su trayectoria y méritos.

Hay en estas actitudes una expresión clara de uno de nuestros problemas nacionales: el bajo nivel del debate público. Muchas expresiones en las “redes sociales” son escandalosas y deprimentes al mismo tiempo: insultos, calificativos, brutales faltas de ortografía y redacción. Hay también en algunas de las críticas a Córdova, me parece, una cierta dosis de resentimiento social, ese que Fernando Escalante calificó como una “forma alambicada de la envidia”.

De las tres cuestiones políticas en torno a la frase de Córdova (la frase en sí misma, el hecho de que haya sido obtenida y difundida de manera ilegal y finalmente la forma como se expresa cierto sector de la población) me parece que la más importante es la tercera. El bajo nivel de nuestra opinión pública, su propensión al linchamiento mediático es, en mi opinión, el problema más grave y trascendente. El segundo en importancia, también grave, es que cualquier ciudadano en México está sujeto al espionaje ilegal. El menos relevante es el dislate del presidente del INE, lamentable y reprobable sin duda, pero que no puede echar por tierra su trayectoria personal ni la calidad de la institución que preside.