Interés Público

Visita papal

Es difícil, en la visita del papa, ver más allá del espectáculo. Difícil porque el espectáculo (decenas, cientos de miles de personas movilizadas, personal de seguridad por cientos, gastos millonarios en decoraciones y parafernalias, entusiasmos que llegaron a excesos) distrae, y también porque no es claro lo que está en el fondo de la visita.

Es claro que la presencia del papa, como la de los anteriores pontífices, ha movilizado intensamente las emociones de los fieles y de algunos no tan fieles. Y detrás de las emociones está la complejidad de la vida humana: necesidades, aspiraciones, lealtades, experiencias, temores. ¿Qué mueve a esos fieles a pasar horas o noches enteras para ver al papa aunque sea de lejos, aunque sea unos segundos? ¿Qué relación hay entre esas emociones y la vida cotidiana del país?

En algunos observadores de nuestra vida política había la expectativa de que el papa coincidiera con su propia agenda: denunciar los males más visibles y aparentemente más graves del país. O dicho de otro modo, que mencionara las malas noticias que en los últimos meses se han publicado en los medios sobre el país.

El papa no lo hizo. Siguió su propia agenda. Una agenda difícil la del representante de la iglesia católica: tiene que conciliar al interior de una religión notablemente diversa, y conciliar con un mundo no siempre acorde con el catolicismo.

Sobre lo primero hay que recordar que los jesuitas no vivieron un buen momento en el largo pontificado de Juan Pablo II. La agenda del papa polaco no coincidía con la de la Compañía de Jesús. La cercanía de aquel Pontífice con Marcial Maciel, antítesis de valores y perspectivas de la orden fundada por Ignacio de Loyola expresa y explica en parte ese distanciamiento. Nadie pensaba que dos papados después un jesuita sería electo Obispo de Roma.

El caso muestra que no es fácil convivir en una institución con perspectivas, visiones, intereses tan distintos, a veces encontrados. La agenda de todo papa tiene que ser muy cuidadosa. Y constructiva. Es fácil repetir las malas noticias de los medios. No es fácil contribuir a resolver los problemas que están detrás de los mismos. Ni mantener unida y activa a una organización como la iglesia católica.

La agenda de Francisco I en México fue, ante todo, acercarse a los que más sufren: pobres, indígenas, migrantes, presos, víctimas de la violencia. Una opción claramente evangélica ¿puede haber otra para un católico? Pero no señaló culpables ni soluciones fáciles.

No es fácil tampoco ver qué cambios en el catolicismo trata de impulsar el nuevo papa. Si bien es claro que tiene un perfil distinto a los anteriores, no es claro cómo se traducirá ese perfil en una nueva orientación de la institución, si es que logra hacer algún cambio. ¿Qué tanto y cómo puede un papa influir en una organización milenaria y formada por millones de personas? Se dice que a través del nombramiento de obispos con un nuevo perfil, que a su vez influyan en cascada hacia los demás sectores de la iglesia. Pero los discursos, actos y actitudes del pontífice no muestran una ruta clara. ¿Una iglesia más evangélica? Sí, pero ¿cómo?

Al igual que en muchos otros casos, la batalla por reformar al catolicismo se ganará o se perderá finalmente en la infantería: los soldados de a pie. Oficiales y generales cuentan, pero si sus proyectos, ideas, entusiasmos, no llegan a la infantería no habrá cambio.

Una cuestión más, la del Estado laico en México. Ha habido quien critique que al papa, en visita pastoral, se le reciba en Palacio Nacional, o que el presidente Peña Nieto acuda a misa. Desde un sentido muy estricto, pueden tener razón: no es adecuado vincular el poder público al religioso. Pero puede haber algo de fundamentalismo en esas críticas. Finalmente el Estado laico no es el que niega o ignora la religión, sino el que crea las condiciones para que tenga vigencia la libertad de creencia. Que el presidente reciba a un líder moral internacional, que es además un líder religioso ¿daña al Estado laico? ¿Algún agnóstico, ateo, protestante, judío, budista, musulmán o sintoísta fue lastimado en sus intereses y libertades, ya sea directa o indirectamente?

¿Quedaría dañado este Estado si se hiciera lo mismo con el Dalai Lama, por ejemplo? No creo. El líder espiritual del budismo tibetano ha estado en México varias veces y en ninguna ha sido recibido por el presidente. Pero por otras razones, no por respeto al laicismo.