Interés Público

Toda una vida

Recreando un espacio intermedio entre la realidad y la imaginación, que podríamos llamar verdad literaria, Guillermo Sheridan nos presenta su más reciente libro “Toda una vida estaría conmigo” (Almadía, Oaxaca, 2014). Como en algunos de sus libros anteriores aquí se recopilan textos, casi todos ya publicados en “periódicos, revistas y blogs”. El tono divertido, irónico y sarcástico de la mayoría de ellos se combina con textos más serios, como el de la prima Dení Prieto Stock, militante guerrillera que murió a los 19 años en el enfrentamiento con las fuerzas del Estado en Nepantla, o la historia de un caballo contada por Juan Rulfo que humedeció los ojos de Julio Scherer.

Ciertamente predomina el tono lúdico, que en ocasiones linda con el sarcasmo, común a los textos anteriores de Sheridan publicados desde Frontera norte (1988), que de manera imprecisa se catalogan como “crónica” y “ensayo”. ¿Son catalogables los textos de este autor, textos en los que se mezclan hechos, ideas, argumentos, imaginación, exageraciones? No, pero no importa.

Se acerca al género de ensayo “Elegía del neovejete”. Trata de una forma nueva de discriminación, el edadismo (ageism): discriminar a alguien, o descalificarlo, porque es “viejo”. Me ha pasado. En las redes sociales, desde luego “ese flexible montessori donde anónimos y seudónimos escupitajan de ‘viejos’ a quienes no les simpatizan, como si carecer de la edad de quien insultan fuese una proeza personal”. (p. 312)

Bienvenida esta crítica a “las redes”, presentada por algunos como un nuevo y revolucionario medio de expresión política. Sin duda ese medio tiene sus virtudes, al dar voz a la sociedad al margen del poder político y de los medios tradicionales. Pero las voces que se expresan en ellas son también, como lo muestra el ensayo, las de la estupidez y la discriminación.

También ensayo, en el sentido de presentar y desarrollar, ensayar, ideas puede considerarse “Ser de alguien”. Habla de una experiencia omnipresente: que los demás nos adjudiquen a algún grupo, estemos o no de acuerdo. El autor ha sido de muchas cosas: de Arce, de los Rojos, del Beato Marcelino, del Tec, de los Jotos Impresentables (los que estudiaban letras en el Tec, es decir, el Tecnológico de Monterrey), de Huberto Bátiz, de Monsiváis, de Enrique Florescano, de Fernando Benítez… Pero para él lo más “largamente latoso” es haber sido de Octavio Paz. Por ello recibió el odio, “pero con mayor desprecio” que Paz suscitó en muchos.

También hay reseñas. Destaca “La Biblia de Saramago”. Ahí el sarcasmo de Sheridan toma forma. Después de insinuar que dos novelas del portugués son refritos o al menos versiones de novelas de otros autores publicadas previamente, se concentra en Caín. En esa novela hay diversas críticas al Dios judeocristiano, que “le cae bastante mal a Saramago, a diferencia de El dios que falló, como le dice Arthur Kloester al comunismo, religión en la que Saramago siguió creyendo hasta su muerte”. Le llama la atención que Saramago se sorprenda, a sus 87 años, de las historias de incesto y violencia que hay en la Biblia, historias similares, dice Sheridan, a las de los libros sagrados de todas las religiones. Y remata refiriéndose al portugués: “me alegró que haya sido novelista, y no censor”.

Independientemente de géneros, de la oscilación entre el sarcasmo y la pena al describir la muerte de una muchacha de 19 años, cuyo cuerpo quedó irrecuperable en una fosa común, según el entonces procurador Pedro Ojeda Paullada, o precisamente por estas oscilaciones, el nuevo libro de Sheridan merece ser leído y releído. Hay como en toda su obra un amor por el lenguaje y sus posibilidades, una mirada a la vez crítica y juguetona de nuestra realidad. Una feliz experiencia de las posibilidades de la lectura y la escritura.