Interés Público

Saber pensar

Tuve la fortuna de estar en la apacible plaza central de Manzanillo, en Colima. Además de la calma, hay ahí muy pocas cosas: el palacio municipal, las instalaciones de la Marina, una estatua de Sebastián, y una pequeña, fresca y bien puesta librería de Educal. Compré dos libros: Memorias de un homenaje: Octavio Paz, 1914-2014 y El tenue rededor del mundo, de Julio Eutiquio Sarabia.

El del homenaje a Paz lo adquirí con escepticismo: en formato casi cuadrado, fino papel, a dos tintas y fotografías a color, parecía más un libro para justificar un presupuesto que para ser leído. Lo empecé a leer y cambió mi impresión. Numerosos textos breves, la mayor parte de ellos brillantes y sugerentes, que son, creo, una buena argumentación para leer y releer a Paz.

Mucho de lo escrito sobre el primer Premio Nobel de literatura otorgado después de la destrucción del Muro de Berlín, recuerdan lo dicho por Fernando Savater hace años: que México se parecía a un pueblo del Viejo Oeste donde todos querían probarse con Octavio Paz y lo retaban a duelo: y todos caían derrotados por el escritor de Mixcoac (cito de memoria la biografía de Domínguez Michael). Mucho de lo escrito sobre Paz es escrito contra Paz, desde perspectivas que se consideran críticas, e identifican crítica con rechazo. Pero ¿criticar es rechazar? ¿No puede haber una mirada crítica, entendida como aguda, detallada, razonada, profunda, que concluya que en la obra de determinado autor hay algo que vale la pena considerar, leer y releer, volver a plantear a la luz de nuevas ideas y acontecimientos? ¿Es la pasión crítica idéntica a la pasión por rechazar?

Entre los textos que me llamaron la atención está el de Fernando Savater. No ha escrito mucho, que yo sepa, sobre Paz. Pero en lo que aquí publica queda claro que además de una relación personal muy estrecha hubo una muy feliz relación entre Paz el maestro y Savater el discípulo. El filósofo vasco reconoce que “yo era joven, digamos totalmente ignorante, pero que ignorante, lleno de ideas equivocadas”. Y Paz fue un pedagogo que lo ayudó a superarlas. Como buen maestro, nunca le dijo lo que tenía que pensar. Lo convenció de que debía pensar. Pensar es en el fondo “conectar ideas”, dice Savater; “Estar poseído por una idea no se puede llamar pensamiento”. Paz es uno de los escritores que más ha vinculado ideas. Un autor “transitivo” escribe Savater: nunca se queda o se remite a sí mismo. Por el contrario, abre caminos, nos dirige a otros autores, a otras ideas.

Jorge Edwards, escritor chileno cercano tanto a Paz como a Pablo Neruda refiere una frase del primero, de una conversación telefónica: “He leído y releído la poesía de Neruda desde la primera línea hasta la última y creo que es el mejor de todos, pero su error fue la política”. Edwards corrige a Paz: el error de Neruda no fue la política, sino el conformismo. La política fue el error de mucha gente. Fue el error de Paz, que creyó en el régimen soviético. Pero Paz rectificó: cambió para ser fiel a sí mismo, como él mismo escribió. Neruda nunca lo hizo públicamente, dice Edwards, pues en privado el novel chileno expresaba otras opiniones. “El cardenal ateo” es la expresión de Edwards para referirse a alguien que sigue representando oficialmente a una fe y a una iglesia en la que ya no cree.

Recupera Edwards aquí otra noción de la palabra libertad: la capacidad de dialogar con nuestras propias ideas, de cuestionarlas, de confrontarlas con la realidad, de expresarlas públicamente. Una libertad que le faltó a Neruda y que sí tuvo Paz.

Libertad que el autor de Persona non grata relaciona con la poesía y relaciona la idea de poesía con la idea de religión, o más precisamente a lo sagrado. Octavio Paz hizo gala de su ateísmo, pero la cuestión de lo sagrado está presente en su obra como en la de muchos poetas del siglo XX. Nunca dejó de criticar al capitalismo, al mercado, al “mundo actual”: “el espejo del hombre cercenado de su facultad poetizante”.

La frase recuerda otra que le gustaba mucho al homenajeado, que no he encontrado en el libro aquí comentado y que fue escrita por Marx: el capitalismo “ha ahogado la vida humana en las aguas heladas del cálculo egoísta”. Vida humana, facultad poetizante, lo sagrado, parecen ir por el mismo lado. Es lo que en el fondo vale la pena, lo que da sentido a la existencia, o algo así. Un tema presente en la obra de Paz que, curiosamente, o quizá no, es tratado por otro mexicano alejado de cuestiones religiosas, Héctor Aguilar Camín.

Hay en el lenguaje y en la actitud de Paz una búsqueda incesante por la totalidad, el absoluto, la comunión, nos dice Aguilar. Cuando criticó su simpatía y la de otros por el estalinismo, Paz utilizó la palabra pecado. “Comunión”, central para el catolicismo, es central también en la obra paciana. Hay otro término, de origen no religioso, que expresa esta búsqueda: utopía. No se vincula habitualmente a la utopía con lo sagrado o con la religión. Han sido términos utilizados por visiones antagónicas del mundo. Pero tienen algo en común, lo diré con el lenguaje ordinario ya utilizado, apuntan a lo que realmente vale la pena. Que implican dilemas y contradicciones severísimas es claro, y seguramente detrás de eso está el drama de la vida de muchos individuos y sociedades.

Hay muchos otros textos y muchas otras ideas en el libro que valen la pena, que valen el tiempo y el esfuerzo de la lectura. Que muestran que Paz nos puede ayudar a seguir pensando el mundo contemporáneo. El libro es una constatación de lo que en él escribe Ricardo Cayuela Gali: “quizá el primer mexicano que no sólo se sienta al banquete de la civilización, sino que influye verdaderamente en él es Octavio Paz”.

Sobre el libro de Julio Eutiquio Sarabia extiendo la invitación para su presentación el próximo 16 de agosto a las 18:00 en la sala lúdica del Complejo Cultural Universitario.