Interés Público

Participación y movilización

Algunos resultados sobre el nivel de participación en la pasada elección, de diputados federales, contienen datos interesantes: mientras que en algunos distritos rurales fue mayor al 55%, hubo distritos urbanos en donde votó menos del 35% de los ciudadanos en la lista nominal. ¿Cómo explicar esas diferencias?

De acuerdo a cierta lógica, se espera mayor participación electoral en las zonas urbanas. Es donde viven los ciudadanos con mayor nivel de información y conciencia de su derecho y obligación de votar. En las ciudades, el costo de transportarse para ir a votar es mucho menor, pues la concentración de población hace que siempre haya una casilla más o menos cercana a la vivienda de los ciudadanos.

En el campo, tanto el nivel de información como de conciencia sobre la importancia del voto, se esperaría que fuera menor. Los índices de escolaridad son menores en las zonas rurales, respecto a las urbanas, y lo mismo puede decirse de la presencia de los medios de comunicación, sean tradicionales (prensa escrita, radio, televisión) como de las modernas redes sociales. En ocasiones las casillas se encuentran en medio de población muy dispersa y los ciudadanos tienen que recorrer distancias más o menos largas para votar.

¿Por qué la realidad resulta distinta y contraria a estos supuestos? Puede ser que en las ciudades cunda la decepción política en mayor medida que en el campo. Que esta decepción incremente el abstencionismo. Que en los habitantes del campo haya un mayor aprecio a los partidos, una mayor confianza en su capacidad de generar bienes públicos para la sociedad.

Pero puede ser que esta diferencia en los niveles de participación tenga que ver con una de las más importantes distinciones del voto: el voto de opinión y el voto de intercambio. El primero es más propio (no exclusivo) de zonas urbanas y de clase media alta, el ciudadano decide su voto en función de sus opiniones (que pueden involucrar o no conocimientos y razonamientos).

Por el contrario, el voto de intercambio se da cuando el votante obtiene algo por su voto, puede ser dinero o favores de distintos tipos, puede ser sentido de pertenencia a una red clientelar que lo protege en forma real o supuesta.

El voto de opinión da lugar a la participación, la decisión libre (razonable o no, fundamentada o no) basada en la propia opinión. El voto de intercambio da lugar a la movilización.

En las zonas donde predomina el voto de intercambio, suele darse una competencia entre las distintas maquinarias electorales, por movilizarlo a su favor. Esta competencia es un rasgo nuevo: antes era monopolio de un partido. Es una competencia no democrática, basada en el dinero, las promesas, los favores o, en el mejor de los casos, en redes de solidaridad.

Es un voto difícil de ver, pues está en los límites de la ilegalidad o en la ilegalidad plena. Ni el que paga ni el que peca está dispuesto a hacer públicos sus actos. En ciertas circunstancias, la falta de entusiasmo cívico, digamos, es más fácil movilizar el voto de intercambio que hacer que la gente participe. Esto podría ser una explicación de lo señalado al principio: los resultados electorales de algunos distritos rurales muestran una participación mucho mayor que la de los distritos urbanos. Mucha movilización, poca participación.

Para el buen funcionamiento de la democracia esta no es una situación ideal, desde luego, pero no se acabará con llamados a la buena conciencia, aunque no está de más hacerlos, como lo hizo el INE en este proceso electoral. Se terminará con el desarrollo social, el incremento en el nivel y la calidad de vida, de la información y de la comprensión de los procesos políticos.