Interés Público

Juan Molinar

Murió Juan Molinar Horcasitas. Su vida pública abarcó dos ámbitos, y en los dos destacó: el académico y el político. En el primero hizo, a mi juicio, aportes extraordinarios, es decir, superiores a lo que ordinariamente aportamos los académicos. En el segundo fue objeto de polémica y hasta de linchamientos.

Quizá el primer texto académico que le dio fama fue “La costumbre electoral mexicana: entre la reforma y la alquimia”. Publicado en la revista Nexos en enero de 1985 marcó el inicio de una serie de reflexiones sobre el viejo régimen político mexicano y el inicio de la transición. El subtítulo ponía los puntos sobre la íes: las elecciones mexicanas estaban marcadas por la alquimia (un término que hoy casi nadie entiende, pero que entonces era de uso común: la alquimia electoral mexicana convertía cualquier cosa en votos por el PRI). La reforma era otra constante de las elecciones mexicanas, una peculiaridad del sistema hegemónico donde un mismo partido ganaba siempre pero necesitaba mantener a una oposición que perdía siempre: las reformas electorales eran el argumento para que la oposición siguiera participando.

Otro texto, como el anterior entre la academia y el periodismo, se publicó también en Nexos, en marzo de 1987: “Regreso a Chihuahua”. Vale la pena recordar la anécdota que le dio lugar. Las elecciones locales en Chihuahua en 1986 dejaron muchas dudas sobre su limpieza. Un grupo de intelectuales, en el que había gente tan distinta como Octavio Paz y Gabriel Zaid por un lado y Carlos Monsiváis y Héctor Aguilar Camín por el otro, publicó un desplegado en la prensa expresando sus dudas.

El entonces secretario de Gobernación, Manuel Barttlet, los invitó a comer, les dijo que sus dudas no tenían fundamento, y que ponía a su disposición toda la información de la su secretaría a su cargo. Fue Lorenzo Meyer, dicen, que comentó que él conocía a un alumno del Colmex que entendía de esas cosas. Era Juan Molinar. A él le remitieron la información y redactó un análisis donde no dejaba duda sobre el fraude en Chihuahua. Además de un entramado legal que dejaba inerme a la oposición, mostró evidencias que el padrón electoral se había inflado, junto con la población de algunos municipios, para producir alquimia electoral: darle votos al PRI, inverosímiles a partir del sencillo e ingenioso análisis de Molinar.

Después vino su libro, “El tiempo de la legitimidad”, publicado por Cal y Arena en 1991. El primer libro con una visión global de las elecciones mexicanas. Hoy una joya bibliográfica. También su famoso índice NP, número de partidos, multicitado en diversas latitudes. Lo publicó también en 1991 en la célebre revista American Political Science Review (fue el primer mexicano, hasta donde sé, en publicar ahí). Publicó muchas otras cosas, con pertinencia teórica y solidez empírica. Su último libro, me parece, lo escribió junto a otro muy destacado y apreciado colega, Jeffrey Weldom (Los procedimientos legislativos en la Cámara de Diputados, 1917-1964, Cámara de Diputados y Miguel Ángel Porrúa, 2009).

Su carrera política empezó hacia 1994 cuando fue nombrado Director de Prerrogativas en el IFE. En 1996 fue parte del merecidamente célebre “IFE de Woldenberg” como miembro con voz y voto del Consejo General de esa institución. Con el gobierno de Fox fue subsecretario de Gobernación. Luego diputado federal (2003-2006). Ya con Calderón fue primero director general del IMMS y luego Secretario de Comunicaciones y Transportes. Dejó este último cargo para pasar al PAN, dirigiendo la Fundación Preciado Hernández.

Como ex director del IMSS fue responsabilizado de la tragedia de la guardería ABC en Hermosillo, que se incendió y causó la muerte de 49 niños. Como secretario de Comunicaciones se le relacionó con la quiebra de Mexicana de Aviación, y del desempleo de cientos de trabajadores.

No es clara su responsabilidad en ambos casos, sobre todo en el primero (con los malos manejos de Mexicana que la llevaron a la quiebra nada tuvo que ver, si acaso fue responsable de no resolver con dinero público esos males privados). Lo que es claro es que buena parte de la opinión pública lo juzgó y lo linchó, mediáticamente hablando. Creo que de una forma superficial, notablemente injusta.

Lúcido conversador, Molinar podía además ser una persona agradable, sencilla, accesible. Podía también no serlo. Como si su ego trazara, a veces, una línea que lo distinguía de los demás, de los que no tenían su capacidad intelectual o sus logros académicos y políticos. Creo que esa actitud fue un error. Un error político, que dio lugar a que su carrera política no fuera lo brillante que fue su carrera académica.

Mi balance de mi relación con él, como lector, alumno, y en la relación amistosa que sostuvimos en ciertos momentos, es muy positiva. Por eso lamento su muerte prematura, su sufrimiento en los últimos años (que sobrellevó en forma ejemplar), sus errores y la forma apresurada e injusta con la que muchos lo han juzgado.