Interés Público

Interés público

Una buena vida pública es indispensable para que las personas podamos tener una buena vida individual o privada.

A partir de este mes esta columna lleva el nombre de “Interés público”. Mi interés en el término viene de una frase del periodista norteamericano Walter Lippman: “Se puede presumir que el interés público es aquello que los hombres escogerían si vieran claramente, pensaran racionalmente y actuaran desinteresadamente”.

Lo que haríamos las personas (hoy “hombres” es políticamente incorrecto por ser masculino) si viéramos con claridad, si fuéramos racionales y desinteresados. Casi nada. La noción implica entre otras cosas una crítica al individualismo. El interés de toda persona, de todo individuo, pasa por lo público: “lo público es diverso, pero no adverso a los individuos”, escribió Luis F. Aguilar. No sólo no es adverso a los individuos o a las personas: es la condición de su bienestar. Una buena vida pública es indispensable para que las personas podamos tener una buena vida individual o privada.

La cuestión es que es muy difícil ver con claridad y pensar racionalmente, para no hablar de la acción desinteresada (que quizá sea un término redundante en la noción de Lippman, pues se derivaría de manera natural de los otros dos). Desde pedestres decisiones cotidianas hasta la forma como estructuramos nuestros proyectos de vida es a veces evidente que no estamos viendo con claridad ni pensando con racionalidad.

Y los supuestamente responsables del interés público, los políticos, no escapan a la ceguera y a la irracionalidad. No son raras las decisiones políticas que o bien dejan claro que el político que las toma ni ve ni razona, o bien, que cree que los ciudadanos afectados por esas decisiones somos ciegos e irracionales, incapaces de ver los errores y falacias evidentes en ciertas acciones, declaraciones, leyes.

¿Por qué, si a todos nos convendría el interés público, somos entonces incapaces de ver con claridad y actuar con racionalidad? No hay una respuesta clara y convincente. Hay una larga historia de intentos de responder a esta pregunta. Las religiones o tradiciones espirituales pueden releerse como intentos de respuesta (aunque en ellas no está presente el término de lo público, sí lo están las cuestiones de la ceguera y de la irracionalidad) a esta cuestión. Muchas consideran al ser humano un “ser caído”, alguien que perdió una posición desde la que sí podía “ver claramente y pensar racionalmente”. Para la tradición judeocristiana el pecado original explicaría esta caída y nuestra situación actual: por culpa pues de Adán y Eva perdimos las condiciones para realizar el interés público.

Otras tradiciones espirituales tienen una perspectiva distinta. El budismo, por ejemplo, no habla de pecado ni de caída, pero sí se centra en nuestra incapacidad de “ver las cosas como son”, incapacidad que produce sufrimiento. Y de ahí se deriva toda la filosofía y la sabiduría budistas.

La filosofía secular y la ciencia también han centrado buena parte de sus esfuerzos resolver estas cuestiones. Para la mayoría de las filosofías y para toda la ciencia ver con claridad y pensar con racionalidad es fundamental. Pero no ha llegado a respuestas universales, suficientemente claras como para ser aceptadas por todos.

Seguramente nunca podremos llegar al ideal de Lippman. No habrá comunidad humana capaz de ver con claridad y actuar con racionalidad. Pero sí es posible tener aproximaciones importantes a ese ideal. Ahí sí hay evidencias, tanto de aproximaciones como de alejamientos brutales a y de ese ideal. En ese esfuerzo han estado y estarán la líneas que se presenten en “Interés público”: ver claramente, pensar racionalmente, y su consecuencia quizá necesaria, actuar desinteresadamente.