Interés Público

Emociones políticas

Desde fines del siglo pasado la cuestión de las emociones ha sido objeto creciente de análisis por antropólogos, psicólogos y educadores. Antropólogos y psicólogos han investigado sobre la universalidad y la especificidad de las emociones en distintas culturas. Psicólogos y educadores han demostrado la relevancia de la inteligencia emocional sobre la inteligencia medida por el coeficiente intelectual (IQ). Ahora Martha Nussbaum lleva el tema a la política en su libro más reciente, Emociones políticas. Porque el amor importa para la justicia (Harvard, Massachusetts, 2013).
Las emociones impregnan nuestra vida pública. “Enojo, miedo, simpatía, asco, envidia, culpa, muchas formas de amor” son algunas de las enlistadas y analizadas por Nussbaum. Cualquier ciudadano lo ha vivido: con frecuencia nuestras discusiones sobre política acaban desbordadas emocionalmente (“aquí no se habla ni de política ni de religión”). Lo hemos vivido todos, pero rara vez lo hemos reflexionado. No hay conciencia emocional de nuestras diferencias y coincidencias políticas.
Cada régimen político tiene su propio archivo de emociones favorables y desfavorables. Son muy distintas las emociones que apoyan a un régimen monárquico que las que están en el fundamento del fascismo, o de la democracia. Nussbaum plantea esto con toda claridad y precisa su objetivo: le interesan las emociones relacionadas con lo que ella llama el liberalismo político. La perspectiva es clara para quienes están relacionados con los textos de la autora, pero en países como México se presta a confusión.
No siempre se distingue entre liberalismo político y económico, que no solo son distintos sino antagónicos en algunos puntos. Ante esta confusión vale la pena sugerir una hipótesis: lo la autora de Emociones políticas entiende por liberalismo político es algo muy cercano a lo que en América Latina se entiende por “centro izquierda”. Algomuy cercano a las teorías de John Stuart Mill, John Rawls, a las políticas intervencionistas del New Deal y a las social democracias europeas, que son las coincidencias señaladas por Nussbaum.
Una democracia liberal o un régimen basado en el liberalismo político, requieren emociones para existir, adquirir estabilidad, lograr sus metas. Sobre todo ciertos objetivos que requieren esfuerzos y sacrificios, como las políticas redistributivas, la inclusión de los grupos marginados, la protección del medio ambiente o la ayuda al exterior (todos mencionados en el libro).
Hay pues una estrecha relación entre principios políticos y emociones políticas. Los primeros generan a las segundas. Por eso las emociones políticas pueden diferir enormemente en sistemas monárquicos, totalitarios y democráticos. También las emociones están ligadas a los objetivos del sistema. Para alcanzarlos es necesario contar con las emociones adecuadas. Emociones contrarias harán imposible el logro de objetivos.
Y tienen que ver también con las instituciones. Hay instituciones acordes con ciertas emociones y otras adversarias a las mismas. Algo importante, que preocupa a la autora desde el epígrafe, es que las emociones se pueden cultivar. Requieren de una narrativa pedagógica. El libro se abre con dos poemas, uno de Walt Whitman y otro de Rabindranath Tagore (parte, por cierto, del himno nacional de Bangladesh). Poemas que contienen y generan algunas de las emociones políticas que a Nussbaum le interesan. Poemas pedagógicos, desde la perspectiva de las emociones políticas.
Con su libro, la filósofa realiza hace un aporte que esperamos de una buena creación intelectual: hacernos ver algo que no veíamos antes. Verlo, analizarlo, discutirlo. Y cultivarlo, si es el caso.