Interés Público

Dogmatismo y corrección política

En alguna colaboración pasada mencioné la caracterización de interés público de Walter Lippman: “aquello que los hombres escogerían si vieran claramente, pensaran racionalmente y actuaran desinteresadamente”. Hay un problema con esta noción: que efectivamente hay y ha habido grupos, partidos, movimientos, individuos con la convicción de que ven claramente, piensan racionalmente y actúan desinteresadamente. Y esa convicción ha tenido consecuencias catastróficas.

El dogmático cree, explícita o tácitamente, que tiene esas características. Con lo que se siente con derecho a hacer todo lo que se derive de sus ideas. Los sistemas totalitarios y las dictaduras de muy diverso signo así han funcionado. Por eso hay que recordar siempre que la frase de Lippman está en forma condicional. Él no propone que sea posible llegar de manera clara y absoluta a las tres características que sustentan su idea de interés público. Sólo los dogmáticos piensan así.

Aunque sí es posible aproximarse al ver con claridad, al pensar racional y al actuar desinteresado. Siempre de manera parcial y provisional. Por eso la crítica y la autocrítica son condiciones necesarias de toda buena política. La posibilidad de error de nuestras propias ideas siempre está presente.

Correctismo político

Hoy el dogmatismo para estar a la defensiva. Pero puede haber formas leves del mismo. ¿Es el correctismo político una de ellas? ¿Esconde tras de sus propuestas visiones dogmáticas? Pudiera ser que sí. En un libro recientemente publicado, Ben Dupré considera que la “corrección política” es una de las cincuenta cosas que hay que saber de la política (50 cosas que hay que saber sobre política, ed. Ariel, México, 2014).

Algunos ejemplos que da de corrección política suenan más bien ridículos que riesgosos para el interés público: cambiar una canción infantil que decía “oveja negra” por “oveja arcoíris”; eliminar a los siete enanitos de Blanca Nieves para no molestar a los “verticalmente distintos”, no hablar de discapacitados sino de personas con “capacidades distintas”…

En principio, dice Dupré con razón, lo correcto debería ser positivo. Y lo es, por definición. Pero el correctismo o la corrección políticas es una exageración y por lo tanto una pérdida del sentido original de lo correcto, lo adecuado, lo positivo. Y puede volverse no solo ridículo, sino negativo.

Tiene en común con el dogmatismo en que ambos son sistemas de ideas rígidas que niegan tanto al sentido común como al contacto con la realidad. Renuncian a toda vigilancia autocrítica en nombre de sus propias ideas, a las que consideran incuestionables. Un riesgo que todos debemos tener en cuenta, pues no hay nadie inmune al mismo.

La continua autocrítica, la apertura a las ideas de los otros y a los datos de la realidad necesarios para evitar el dogmatismo o sus expresiones leves como la corrección política no son fáciles. Pero son condiciones para que nuestras ideas sirvan realmente al interés público. Autocrítica y apertura que deben ser una actitud personal, pero que tienen base sólida solo en un contexto social de libertad de opinión, de capacidad para escuchar al otro, de diálogo público. Son tanto virtudes públicas como privadas.

Librerías en Berkley

La Universidad de Berkley en California tiene fama de progresista desde hace décadas. Aunque hoy la idea de progreso ha sido matizada y cuestionada, podemos entenderla como un cambio positivo sin consecuencias secundarias negativas. En ese sentido ser progresista es un valor. Pero puede derivar en algo negativo, si pierde contacto con el sentido común, la crítica, la realidad.

Un paseo por las librerías cercanas a la universidad, en particular la legendaria Moe’s (sí, del mismo nombre que el bar de los Simpson), puede darnos una idea de lo que se está vendiendo y leyendo. Varios autores llaman la atención: Gramsci, Foucault, Zizek. Y también los autores budistas, que en su conjunto tienen más libros en esas librerías que las de cualquier otra corriente o tema.

En una muestra no representativa estadísticamente, llamaron mi atención tres autores y una corriente de pensamiento. ¿Hay progreso, cambio positivo, en sus ideas? ¿O más bien son expresiones de corrección política, de pensamientos que han dejado de ser pensados y se han convertido en moda? No hay respuesta única, tratándose de pensamientos tan diversos, incluso al interior de cada autor o corriente. Pero la pregunta es indispensable. Todos queremos mejorar. Pero lo políticamente correcto devenido en ismo no es una forma de hacerlo.