Interés Público

Darwinismo y moral social

En torno a nuestras ideas sobre Charles Darwin se da hoy un debate sobre la moral social, o sobre la moral a secas. Por un lado la visión tradicional, conocida como “darwinismo social” justifica acciones egoístas y depredadoras como positivas para la especie humana. Por otro, nuevas visiones, supuestamente más afines al pensamiento de Darwin, contradicen lo anterior y argumentan que evolutivamente lo mejor para nuestra especie ha sido la solidaridad, la cooperación, la bondad.

Basada en la idea de Darwin de la sobrevivencia del más apto, se ha entendido por darwinismo social la carrera desenfrenada por “el éxito”, por mostrarse superior a los demás, por pasar por encima de ellos: por demostrar “ser más apto”. Y se le da un valor moral a esta actitud. Es lo que podríamos llamar la moral del gandalla, la consideración de que ser más que los demás es positivo, bueno para especie, necesario para su sobrevivencia.

Otra interpretación considera que Darwin se refería a la sobrevivencia de la especie, no de individuos aislados. Individualmente considerado, el ser humano es sumamente frágil e incapaz de sobrevivir frente a los desafíos de la naturaleza o las amenazas de otras especies individualmente más aptas. Lo que ha permitido sobrevivir a la humanidad es su aptitud como colectividad: la cooperación, la solidaridad, el cuidado y apoyo a los demás, “la bondad”.

Esta perspectiva dio lugar a un libro con un título insólito para una obra con pretensiones científicas: Nacidos para ser buenos (Born to be Good) del psicólogo de la Universidad de Berkley, Dacher Keltner. Parece el título del más cursi libro de autosuperación. Es por el contrario un libro con bases científicas. Se fundamenta tanto en rigurosas y largas investigaciones en psicología y antropología, como las de su maestro Paul Ekman, como en diversas investigaciones y experimentos en neurociencia.

Keltner sabe que esta interpretación de Darwin va no solamente contra las ideas del darwinismo social, sino contra ideas de pensadores tan distintos como Kant, Nietzsche y Ayn Rand. Pero la lógica y las investigaciones empíricas que presenta a su favor son convincentes. Nuestra genética lleva impresa la información de lo que nos ha permitido sobrevivir durante miles de años: la capacidad de cooperar, de ser bondadosos con los de nuestra propia especie. Nuestras emociones (eje que atraviesa todo el libro, tratando de demostrar que en ellas está una de las bases de nuestra moralidad) están impresas en nuestro sistema nervioso y tienden a la sobrevivencia de la especie. Para Darwin el más fuerte de nuestros instintos era la simpatía, fundamento del cuidado de unos a otros y por tanto de la capacidad de sobrevivir.

Hay otros aspectos genéticos producto de la evolución que hoy han dejado de ser positivos. Nuestra simpatía se orienta espontáneamente hacia nuestro propio grupo, hacia la propia tribu, y rechaza con violencia a quienes consideramos de grupos diferentes, lo que es fuente de los más grandes problemas humanos; pero hoy, por varias razones, podemos considerar que somos una sola tribu. La evolución nos ha llevado a acentuar los negativo, lo que amenaza nuestra sobrevivencia, y a dejar de ver lo positivo; una actitud que hoy tiene muchos inconvenientes. Eso explica que no todo en la evolución sea bondad, ni mucho menos. Pero estos son temas para otros artículos.