Interés Público

El Dalai Lama y la tradición occidental

Ningún gobernante mexicano ha recibido al Dalai Lama. Su cuarta visita no fue la excepción. Nada de Estado, solo la sociedad civil estuvo presente en las actividades del líder tibetano. La ausencia de políticos mexicanos se explica por presiones del gobierno chimo. ¿Qué le teme ese gobierno, uno de los más poderosos del mundo, a este anciano, casi octogenario, al grado de presionar a otros gobiernos para que no lo reciban?

El problema del Dalai Lama con China es el Tíbet. Fue el líder político y espiritual tibetano hasta 2011, cuando renuncia a lo político para quedarse solo con el liderazgo espiritual. China invadió el Tíbet en 1950 y lo anexó, desarrollando una política para acabar con la identidad tibetana: destruyó miles de monasterios, prohibió el budismo, impuso el idioma chino como primera lengua en las escuelas. El Dalai Lama ha defendido los intereses de su país y solicitado a China que les permita a los tibetanos encargarse de la política interior.

Más allá de la polémica sobre si los chinos tienen o no derecho a dominar el Tíbet, llama la atención la enorme preocupación que al gobierno chino le genera el Dalai Lama. Recuerda la frase atribuida a Napoleón: “lo que más admiro… es la impotencia de la fuerza para conservar algo. No hay sino dos poderes en el mundo: el sable y el espíritu. A la larga el sable es siempre vencido por el espíritu”.

Esta preocupación napoleónica es parte del atractivo que el Dalai Lama, y más en general su tradición espiritual, han ejercido recientemente en Occidente. Quizá haya algo de correctismo político y moda en algunas gentes atraídas por este líder y esa tradición, pero hay también razones de fondo. Algo de lo dicho por el Dalai en su conferencia del 14 de octubre en la Arena de la Ciudad de México tiene que ver con esas razones.

Su relación con la ciencia, por ejemplo. Curiosamente, el budismo, o algunas corrientes del budismo como la representada por el líder tibetano, han tenido buenas relaciones con la ciencia occidental moderna. Por lo menos tres referencias hubo a ella en la conferencia citada: los estudios de psicología que han demostrado científicamente la importancia del afecto en la salud mental y física del ser humano; la necesidad de tener mayores conocimientos científicos para tratar los problemas de los jóvenes delincuentes; y el llamado del conferencista a aquellos que no tienen creencias religiosas a orientarse “por el sentido común y por los hallazgos de la ciencia”.

No se dijo ahí, pero son conocidos los diálogos y coincidencias del Lama con algunos destacados psicólogos como Daniel Goleman (el mayor difusor de la inteligencia emocional) Paul Ekman (experto en emociones, mentiras y expresiones del rostro) o Richard Davidson.

También se ocupó de la eficacia para resolver problemas, otro tema que preocupa en Occidente. Consideró que una de las más graves tragedias del siglo XX fue la creencia en que la violencia puede resolver problemas. Según el Dalai, la historia del siglo pasado demostró que la violencia no es eficaz. Que es incapaz de resolver nuestros problemas. En contraste, dijo, la ciencia ha encontrado que el amor y la compasión sí son eficaces.

La cuestión de género también empata al budismo con la sensibilidad occidental moderna. Ante la pregunta sobre el lugar de la mujer el Dalai comentó que en las enseñanzas budistas no hay ninguna diferencia entre hombres y mujeres. Y añadió que el próximo Dalai Lama podría ser mujer.

Otra característica de esta coincidencia es el pluralismo. El Dalai enfatizó al principio y al fin de su conferencia la importancia de que con él se encontraran representantes de otras “tradiciones religiosas”. El ecumenismo, la aceptación de religiones y cosmovisiones distintas a la propia, es cada día más valorado. Pero al parecer es algo que se le da mejor al budismo, una tradición espiritual que “nunca ha recurrido al hierro y al fuego”.

Parecería que la relación entre Occidente y budismo tiene todavía mucho qué decir. Más allá de modas y de problemas políticos.