Interés Público

Cuidar la marca

Hay una mentalidad que identifica sin más democracia con elecciones. Es primaria en cierto sentido pues reduce el complejo entramado institucional de la democracia moderna a la regla de la mayoría. También lo es porque parte de principios abstractos sin considerar sus efectos en una realidad concreta. Esta mentalidad en parte se ha expresado en la elección interna del PAN a realizarse este domingo 18 de mayo.

No solo pasa en los partidos. Viví de cerca el proceso de elección de rector en una universidad pública por voto universal y directo de estudiantes, trabajadores y profesores. Fue un desastre: el tiempo de clase se iba en campañas, se formaron redes clientelares de intercambios dudosos o francamente ilegales, se fracturó la comunidad universitaria y se destruyeron prestigios personales.

No hay nadie en su sano juicio que proponga que un rector sea electo por voto universal y secreto. Lo que no quiere decir que se proponga que una universidad funcione de manera autoritaria. La democracia moderna debe ir acompañada de un entramado institucional de rendición de cuentas, de voz y de salida, que eviten los riesgos autoritarios que puede generar la regla de mayoría, o las prácticas clientelares y los conflictos que puede generar la competencia electoral.

¿Cuál es el balance del primer proceso electoral en el que el presidente nacional del PAN será electo por los militantes? ¿Cuáles los beneficios y cuáles los costos para el partido y para la sociedad?

Los costos parecen ser lo más claro. Aunque la campaña interna no ha ocupado un gran espacio en la opinión pública, lo que se ha sabido de ella ha sido más bien negativo. La imagen de los contendientes y del partido ha sido dañada. La denostación del adversario ha sido quizá lo más notable o visible.

Muchos de los militantes y dirigentes panistas tradicionales están al margen del proceso, decepcionados. Hay acusaciones de uso de recursos públicos para beneficiar a uno de los candidatos.

¿Los beneficios? Hay un prejuicio ilustrado, dieciochesco, que considera que toda campaña electoral puede y debe ser una confrontación de proyectos, de ideas, de propuestas. Lo que es posible, pero poco probable. Y no es además el mejor medio para que una organización o institución, partido, universidad, empresa, construya y ponga en marcha un proyecto propio.

El PAN realizó, después de sus derrotas electorales en 2009 y 2012, un intenso ejercicio interno de autoevaluación. De los resultados de ese ejercicio debió haber surgido un nuevo programa y proyecto para el partido. Lo ideal sería que en la contienda interna esa propuesta se depurara y se volviera real. No parece ser el caso. La campaña interna no parece haber servido para ventilar, discutir, depurar los retos del partido y los medios para abordarlos.

Preocupante también parece la posibilidad del voto clientelar. No hay datos duros al respecto, y no lo habrá por el carácter mismo –ilegítimo, incluso ilegal- de este tipo de votación. Pero sí hay acusaciones internas. Algunas verosímiles. Ciertas o no, dañan la imagen del partido.

Aunque la elección interna panista está lejos de ser el desastre, parece que continuará el desgaste de la imagen del PAN ante la opinión pública. Aunque haya sido la intención, la elección abierta a la militancia no recuperará la imagen que alguna vez tuvo este partido de ser fiel a los valores ciudadanos y de equilibrar principios y con realidad. La marca panista todavía vende, pero parece haber un exceso de confianza en sus propietarios. El deterioro no puede ser infinito. Puede dar lugar al fin de la institución. Hay casos.