Interés Público

Crisis griega

Grecia, una de las economías más pequeñas de Europa, es ahora noticia de primera plana todos los días. La razón: su negativa a pagar su deuda y a seguir aplicando las medidas de austeridad impuestas por sus socios de la Unión Europea. El temor ha llegado hasta países como el nuestro, donde preocupa que a causa de la crisis griega el peso se devalúe, caiga la bolsa de valores y sufran nuestra economía y nuestra población. Como sucede ante todo hecho político, varias ideas están en competencia para interpretar el origen de la actual crisis helénica. En un extremo están las posiciones que podemos llamar “realistas” y en el otro las “idealistas”, con las comillas incluidas.

Para los realistas la causa de la crisis griega son las políticas irresponsables que los gobiernos griegos realizaron en la primera década de este siglo. Gastaron lo que no tenían. Pidieron prestado lo que no podían pagar. La población griega no tiene responsabilidad en estas políticas, aunque sí se benefició de alguna manera de las mismas. La cuestión es que alguien tiene que pagar las consecuencias. Primero porque la deuda está ahí, y los diversos acreedores tienen derecho a que se les pague. Segundo, porque si no hay sanción para estas prácticas, se les fomentará: otros gobiernos podrán caer en la tentación de gastar de más, al cabo que nadie exigirá cuentas.

Para estos “realistas” el gobierno griego actual debe hacerse responsable de los errores de los gobiernos anteriores. Desde luego hay diversos grados para cobrar la responsabilidad, y la mayoría de las propuestas en esta línea van acompañadas de “paquetes de rescate”, algunos ya realizados, para evitar que la población griega sufra demasiado.

En el otro extremo, los que aquí con liberalidad hemos llamado “idealistas”, consideran que el problema es de la ideología neoliberal que privilegia los intereses de los grupos económicos, en particular de los bancos privados y del capital financiero. Son ellos los responsables de la crisis actual de Grecia. Habría que cambiar el paradigma para que esa responsabilidad fuera pagada por esos poderosos grupos, y no por el gobierno y la población de un pequeño país.

Dentro de esta última línea está la propuesta del gobierno griego, una joya en la interpretación de la democracia: llamó a un referéndum, para consultar a la población si está de acuerdo o no con las medidas de austeridad que sus socios europeos le imponen a Grecia. A esto, Alexis Tsipras, primer ministro griego, le llama “democracia”: que sea la población de su país, y no los acreedores, los que decidan si adoptan o no las medidas de austeridad. Es como someter a votación a la ley de la gravedad, o que la cruda sea o no consecuencia de una borrachera.

La democracia tiene que ver con las decisiones de mayoría, pero no sobre cualquier asunto. La ley de la gravedad y las leyes de la física seguirán existiendo, aunque la mayoría vote contra ellas. Es el mismo caso de ciertas leyes económicas.

La crisis griega es una crisis seria, pero no parece poner en riesgo a la Unión Europea o al Euro. Sí exigirá congruencia y cohesión de sus países integrantes para que esos problemas no se repitan. Lo que significará limitaciones a la autonomía de cada nación. Limitaciones específicas a su posibilidad de endeudamiento por encima de su capacidad de pago. Algo que con sano sentido común aplicamos a nuestras personas, a nuestras familias, a nuestras organizaciones: no es sensato pedir prestado más dinero del que podremos pagar. ¿Es aplicable ese sentido común a nuestras naciones? En principio sí, con salvedades, pues las naciones tienen necesidades y lógicas distintas.

Por lo pronto es una buena justificación para recordar dos ideas clásicas: en política la ética es ante todo una ética de las consecuencias, una ética de la responsabilidad. Y la regla de la mayoría no se puede aplicar a cualquier cosa, a si nos guste o no la ley de la gravedad, por ejemplo.