Interés Público

Constituciones y emociones

Las Constituciones, y las leyes en general, son supuestamente “cadenas que Pedro hace cuando está sobrio, para Pedro cuando está borracho”. Es decir, son normas escritas redactadas en momentos de alta racionalidad para resolver problemas cuando esa racionalidad se pierde. El problema con esta idea, contenida en un texto del reconocido intelectual noruego Jon Elster, es que es falsa.

“Psicología e historia política: por qué las Constituciones tienden a ser defectuosas” podría ser la traducción del texto de Elster. Lo son, nos dice, porque generalmente son redactadas en momentos de alta intensidad emocional. No en momentos de calma y sosiego, donde es posible calcular racionalmente las consecuencias de lo que se está haciendo. Es decir, no “cuando Pedro está sobrio”, sino “cuando Pedro está borracho”, si por esto último se entiende una situación donde la razón, entendida como la claridad en los fines buscados y en el cálculo de los medios para alcanzarlos, está ausente.

Profundiza para demostrar su idea en seis constituciones: la norteamericana de 1787, las francesas de 1789, 1848 y 1958, la noruega de 1814 y la islandesa de 2011. Su adversario, a veces implícito, a veces explícito, son las teorías que consideran que la acción humana se explica por la búsqueda del interés personal. Es decir, las teorías de la elección racional que consideran que los seres humanos actuamos en función de nuestros intereses egoístas.

Elster no niega que esas teorías sean ciertas en ocasiones, pero argumenta de forma convincente, analizando las cuatro constituciones mencionadas, que hay momentos en los que las emociones se imponen sobre la razón. Su análisis forma parte de una tendencia muy reciente en las Ciencias Sociales: incorporar las emociones a la explicación de diversos fenómenos humanos. Con gran originalidad, el autor noruego la aplica a la redacción de constituciones.

Su primera tesis es que éstas generalmente se redactan en tiempos de crisis. Segunda tesis: las crisis suelen venir acompañadas de fuertes emociones. Siguiendo a Tocqueville, que estudió de cerca la revolución francesa de 1848, considera la combinación de dos emociones que marcaron esa coyuntura y que suelen estar presentes en las crisis: entusiasmo y miedo.

Dos emociones que pueden distorsionar la realidad. O dicho de otra forma “emborrachar a Pedro”. Y en estas circunstancias es probable que se redacten constituciones que tiendan a fallar, a ser imperfectas, deficitarias.

Aunque no es el tema de su texto, Elster señala otra fuente de imperfección en las normas constitucionales: los intereses establecidos, los intereses de grupos e individuos capaces de influir en la redacción constitucional. Es decir, los intereses parciales, ajenos y contrarios al interés público. Si se imponen, también darán lugar a constituciones y leyes fallidas. No porque nublen la visión y la mente de los legisladores (no porque Pedro esté ebrio), sino por el contrario: las cosas son notablemente claras, pero quienes deciden lo hacen a partir de sus intereses particulares.

Para superar situaciones donde esos intereses se  han apoderado del poder político, de las constituciones en este caso, se requiere de una combinación de emociones y razón. Aquí es donde toma sentido la frase de Kant, generalmente atribuida a Hegel, también recuperada por Elster en este texto: “nada grande puede lograrse sin pasión”. Las emociones, las pasiones, son indispensables para entender la vida política y la vida humana en general. También para hacer cosas trascendentes, “grandes”. El texto comentado en una muy interesante aproximación a esta cuestión.

Será publicado como artículo en las próximas semanas en la revista De política número 3, publicación académica de la Asociación Mexicana de Ciencia Política (Amecip). Podrá consultarse en la página de la Asociación en internet.