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El podrido sistema de salud tamaulipeco

Poco antes de morir Emilio González Rivera, el hombre más obeso con residencia en Tampico, estuvo confesando a las pocas personas que se acercaban a su dormitorio en el Hospital Carlos Canseco el tormento que vivió. Su error fue hacer caso a los doctores, quienes con insistencia le pidieron trasladarlo para someterse a una dieta, bajar 100 de sus 350 kilos de peso y someterse a una cirugía.

Y es que desde que llegó, quedó en el completo olvido. Poca atención de los galenos por el proceso que estaba por comenzar, sin comer lo que le correspondía y menos sin medicamentos; pero lo más triste fue el trato, las ofensas de las enfermeras, del personal administrativo, casi llamándolo un estorbo. Al final, aquel 11 de junio y por complicaciones respiratorias, falleció.

Casos como Emilio hay variados en el nuevo espacio de atención a la salud que hace un año y medio inauguró a la distancia el gobierno federal y estatal, con una inversión millonaria.

Tan solo basta ver a don Gerardo, un humilde señor de la tercera edad: dos meses lleva internado con sus piernas rotas, sin el dinero para ser operado, pero no puede irse porque nadie en su familia cuenta con los gastos de atención. Solo le dan las migajas que quedan, conservándolo en cama. Toda una oda a la infamia.

Y qué decir de Bertha, afiliada al Seguro Popular que se lastimó un brazo. Ha pasado por una historia de terror: le cambian las citas, secretarias que la hacen esperar horas para ingresar a la consulta, y doctores que no le resuelven nada. No solo le ha costado a ella y sus hijos tiempo, dinero y esfuerzo, sino caer en lo peor de su dignidad como ser humano.

Ese personal que tanto implora por basificaciones, mejoras de sus sueldos y prestaciones, son los que hacen y deshacen en el Canseco. Dictan quién se atiende y quién no, cobran por todo, desde una gasa por 5.00 pesos y una curación que vale $12.00, sin la garantía de que harán su trabajo.

Así está de podrido está el sistema de salud pública en Tamaulipas, pues son casos que se repiten en todos los dispensarios, grandes y pequeños. Y aunque el propio gobernador Francisco García Cabeza de Vaca diga que “no se juega” con los pacientes, el problema que encara es muy de fondo.

A Emilio lo dejaron morir. Quién sabe cuántas personas más en una condición física similar o peor pagarán las consecuencias de trabajadores que perdieron la ética, se volvieron insensibles, y con manifestaciones presumen su cinismo de querer más por hacer nada.