Mimeógrafo

La vida en burocracia

“El mérito es despiadado, solitario, desolado, hasta en el éxito, ya no se diga en el fracaso.” Gabriel Zaid

En otras épocas, las formas de organización derivadas de agrupaciones sociales no tan numerosas permitían conocer de primera mano las capacidades y ambiciones de cada uno de sus integrantes. La vida pública y la privada eran igual de relevantes para tener consideración de un individuo, una familia o una ascendencia. La reputación y el honor eran el principal bien que debían cuidar, atesorar y en la medida de lo posible, afinar o incrementar.

Con el tiempo fue más complicado valerse de estos elementos para ascender en la escalera social. Esto no quiere decir que antes no existieran colados en las más altas categorías sociales, gente sin méritos o simples fantoches (y hasta criminales): por ejemplo en las monarquías hereditarias. Sin embargo ahora, incluso una familia reputada y sus miembros tendrían que sujetarse al dictado de lo administrativamente práctico: surgieron currículums, cartas de recomendación, cartas de intención, referencias laborales, calificaciones numéricas, etc.

Facilitando las capacidades administrativas, se abrió la puerta a la dispersión del mérito en otras formas menos dependientes de las capacidades reales de cada individuo. El aprovechamiento académico, por ejemplo, evade cualquier forma de talento natural de los estudiantes por una escala neutra, invariable, en la que la asignación de tareas irreales, innecesarias en el mundo laboral, asistencia y "participaciones en clase" han desplazado a la inteligencia, la capacidad de argumentar, la buena ortografía, las ideas y la creatividad. El buen alumno, de algún modo, es el que menos se cuestiona lo que le asignan. El obediente perfecto.

Pero con el tiempo esto tampoco ha sido suficiente. El sistema sigue premiando a sus más firmes simpatizantes. Éste, si acaso, es el único mérito que vale en las grandes organizaciones: gobiernos, empresas y universidades. El registro de los individuos es una ficción de lo que cada persona es capaz de hacer, y es a esta ficción a la que se le asignan las oportunidades. Por suerte, gente que en verdad vale la pena sigue encontrando la manera de hacerse ver. El mérito, para todos los demás, es una aspiración demasiado ambiciosa.