Mimeógrafo

El mar en las montañas

Las maravillas de las relaciones públicas nos hicieron creer alguna vez, o al menos medio creer, que el millonario más millonario del mundo era mexicano. Pero aún más, que ese millonario local tenía la peculiaridad de ser un "hombre sencillo", sin el afán de llamar mucho la atención: una persona trabajadora, vamos, y no más. Un millonario sin demasiadas declaraciones, sin escándalos familiares, amorosos o (muy) turbios, relaciones políticas realmente claras o palacetes y castillos en Francia.

Si el simple hecho de ser el hombre más millonario del mundo no es ostentoso, entonces sí, por mucho tiempo la imagen de Carlos Slim ha sido discreta en la medida de sus riquísimas posibilidades. Para algunos tiene que ver con su ascendencia libanesa, sus humildes orígenes o una convicción más bien relacionada con cierto conservadurismo.

Quizás hayan tenido razón. Slim no ha hecho réplicas de la Casa Blanca, el TajMahal o de las pirámides de Giza en su Jardín. A lo mucho se le ocurrió edificar el Museo Soumaya en honor a su mujer (como el TajMahal), que tuvo una acogida entusiasta a pesar de las acusaciones que pusieron en duda su calidad museística y cultural. Pero con todo eso, el Soumaya tenía sentido, tomando en cuenta que la Ciudad de México presume de tener decenas, quizás cientos de museos, lo cual es un atractivo inusual y bastante admirable para un lugar así.

Un acuario subterráneo, quién sabe. Parece que al ingeniero Slim por fin le dio por las excentricidades. Mandó traer pingüinos a Japón y Perú, medusas, buzos, miles de litros de agua, arena de Florida, construyó un esqueleto de ballena con acrílico y escenarios fantásticos para la realización del recorrido. Por supuesto, los detalles del diseño probablemente no fueron decisiones de Slim, pero sí la decisión de permitirlos.

Aún más excéntricas resultan las declaraciones del Secretario de Turismo del DF, quien aseguró que con este acuario la capital buscará posicionarse como destino turístico en el mundo. Ojalá sea sólo una ocurrencia, pues si a la capital le hace falta un acuario subterráneo para conseguirlo, quién sabe que se ha hecho por esta ciudad desde que fue creada hasta el día de hoy.