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El desencanto

Esto de la monarquía española no es nada nuevo. Llevará, por poco, unos doscientos años. Tal vez desde que Napoleón impusiera a su hermano en la Corona. Es decir, en gran magnitud, el enérgico rechazo a esa institución que ya olía a moho a principios del XIX (un siglo que fue moderno en un sentido que nos sería difícil entender ahora, pero que prometía bastante) ha ido gestando de manera consistente con los nuevos tiempos. Esto que acaba de suceder no es sino una movida lenta, por no decir que muy torpe.

La renuncia de Juan Carlos ya se había barajado como una posibilidad desde hace varios años. Probablemente la opinión pública no se detuvo demasiado a pensarlo hasta que la crisis de 2009 reventó frente a sus narices: hasta ese punto, la oxidada y a veces pintoresca monarquía no aparecía más que en las revistas del corazón (y no hacía mucho que el Príncipe de Asturías robó pantalla al casarse con la periodista Letizia Ortiz).

Poco después las preguntas empezaron a henchirse entre los ciudadanos, que se las veían cada vez más negras. Por qué una familia cuya función ha sido la de solemnizar y presenciar desfiles debe vivir en la opulencia. La vena republicana de los españoles es muy fuerte, y sobre todo, la demanda de los jóvenes por recuperar la memoria histórica y comprender cuál ha sido la función de los Borbones en la reconstrucción de su país.

Cabe pensar que la renuncia del rey, de haber sido hecha en un momento propicio, habría aliviado muchas tensiones en lo político y lo social. Ahora, aunque es improbable que algo muy serio suceda, la inestabilidad que recorre no sólo a la península sino al continente entero puede ser un motivo de preocupación: desde el momento en que se hacía el anuncio en la televisión, miles de españoles empezaron a organizar la última de sus marchas, por un motivo aún más ambicioso que los de los últimos año. Pocas oportunidades como ésta para transformar un sistema desde sus cimientos.

La esperanza que podrían haber concentrado en el Príncipe de Asturias de hecho ha perdido fuerza. Por lo mismo, su reinado tiene que ser algo radicalmente distinto o no será aceptado. Como los reyes de antes, Felipe VI deberá imprimir un sello personal a su mandato: sólo que ahora, a diferencia de hace siglos, deberá hacerlo por la supervivencia del trono, y no por demagogia.