Mimeógrafo

El New York Times profundo

"No he conseguido este trabajo por ser mujer, sino porque soy la persona más calificada para desarrollarlo". Con estas palabras, que siguieron a su nombramiento como directora del New York Times, con varias replicada en entrevistas y reportajes en torno a ello, Hill Abramson dejaba claro que la suya iba a ser una gestión fuerte y que los retos del diario eran demasiado importantes como para desviarse de ellos. Ese mismo año un documental ("Page One", 2011) hacía una desoladora reconstrucción de los daños infligidos por la crisis, del panorama al cual había que enfrentarse ante la inevitable transición al periodismo digital y el abandono de los formatos impresos.

Tres años después, Abramson es cesada del puesto en una confusión de motivos que ha tenido por consecuencia el surgimiento de acusaciones de machismo y discriminación. La incertidumbre sobre las razones que llevaron a la salida de "la primera mujer al mando" dan cuenta de un problema incomodísimo para una institución reputada por ofrecer información periodística de calidad y por abrazar causas progresistas. Inversamente, quienes intentan atenuar dichas acusaciones no hacen más que avivarlas: ¿no ha existido antes directores testarudos, aguerridos, incómodos, "fuertes", que generan conflicto y discordia dentro de las empresas informativas? De Abramson se dijo, justamente, que tenía un carácter demasiado enconado para cumplir adecuadamente con sus funciones. Ha de ser también la primera en eso.

Al mismo tiempo, o casi, la directora de Le Monde, Natalie Nougayrède, anunciaba "su dimisión" por los mismos motivos que Abramson en The New York Times. Baja popularidad y enfrentamientos recurrentes entre la dirección y los dueños. Si éste ha sido el caso o no con Abramson y Nougayrède, lo que se trasluce entre las acusaciones y los rumores es la persistencia de una idea del periodismo como trabajo de "hombres". Todos los vicios y virtudes asociados parecen naturales y cómodos cuando se trata de varones al mando. La idea contraria genera reacciones exacerbadas.

Me recuerda una conferencia que hubo en la UAEM hace un año acerca de las cuotas de género y de la presencia de las mujeres en puestos clave del sector público. Un estudiante de ciencia política en el público preguntó: "¿Pero cómo esperamos que haya igualdad si, por ejemplo, cuando fue senadora, Ana Gabriela Guevara ni siquiera supo encontrar el edificio legislativo?". La conferenciante, medio confundida, respondió que ese tipo de errores ocurrían a pesar del género. Al igual que en la dirección de los periódicos más importantes del mundo, tropiezos y conflictos que serían considerados normales se convierten en graves violaciones cuando se trata de desaciertos cometidos por mujeres.