Mimeógrafo

Gravrilo y la modernidad

Cuando Gavrilo Princip asesinó al Archiduque Francisco Fernando, heredero del trono austriaco, la mañana del 28 de junio de 1914, tenía diecinueve años. Le acompañaban en la ejecución del atentado otros dos conspiradores. También tenían diecinueve años. Ahora vemos sus fotografías y la moda de entonces puede llegar a confundirnos con la presencia ineludible de los bigotes y las miradas hundidas en un rostro curtido. Eran terroristas, miembros de una organización clandestina y agresiva, y aún vivían mantenidos por sus padres (como Gavrilo) o por el oscuro financiamiento de extraños tutores, sin haber terminado su educación profesional o haberse iniciado en los vértigos de la vida sexual.

Con un retrato así, Christopher Clark parece insistir en un punto relevante a lo largo de "The Sleepwalkers" (Harper Collins, 2013): la Primera Guerra Mundial fue una guerra moderna, un conflicto que puede ayudarnos a comprender más nuestra realidad geopolítica y social que medio siglo de Guerra Fría. "No debemos confundirnos", dice el historiador australiano: "si los actores políticos de la época portaban sombreros con enormes plumas de avestruz, eso no quiere decir que sus pensamientos también lo hicieran".

Nuestro mundo es tan capaz de producir Gavrilos Princip y organizaciones terroristas detrás de ellos, de motivar las baladronadas y agresiones de dirigentes, militares y criminales como el mundo de hace cien años. Tan solo en las últimas décadas hemos atestiguado la replicación del fenómeno con distintos nombres y orígenes: se hacen llamar ISIS o Al Qaeda, se apellidan Tsarnaev, Putin o Bush, surgen en los Balcanes o en el País Vasco, en la frontera de México con los Estados Unidos, en Pakistán o en Rusia. Y las relaciones entre dichas organizaciones y los gobiernos de cualquier país, como hace cien años, permanecen cubiertas por el misterio, la secrecía y la conspiración.

Y si no ocurren atentados contra archiduques y príncipes, cabe pensar que las recurrentes agresiones en cines, colegios, competencias deportivas, barracas o centros comerciales hacen eco de fenómenos similares. Jóvenes no mayores que Gavrilo Princip, atraídos por fuerzas alienantes que dan cauce a sus vidas. Fuerzas que no son sino la respuesta de algunos a la crudeza de la modernidad.