Mimeógrafo

Diferencial semántico

Uno defiende las malas palabras, no por el insulto, por el mal gusto o por un recelo persistente convertido en violencia pasiva. Uno defiende las malas palabras porque son palabras. Considerando que para eso utilizamos el lenguaje a veces: para ser tercos, imbéciles, porque estamos desesperados o porque estamos asustados. A veces, incluso, porque no hay otra cosa que exprese una minúscula fracción de lo que sentimos. A veces no son sino suspiros desvanecentes de resignación.

El lenguaje tendría que ser capaz de decir las cosas más elevadas, pero también las más ruines y vulgares. Y puede decir las cosas más elevadas con palabrotas así como decir las más ruines con gongorismos. De hecho, la pugna por decir la palabra que le venga en gana a un individuo ha sido el motivo de múltiples debates concernientes a la libertad de expresión y la libertad, en general. El lenguaje tendría que ser ese espacio ampliado de nuestras posibilidades, por ello defender una palabra es defender todos las implicaciones y significados que ésta refiera.

El caso de la hinchada mexicana en Brasil hay que verlo desde la pragmática de la lengua. Es decir, en qué contextos y con qué intenciones se utilizan ciertas palabras, cuáles son sus efectos y qué opinión merecen para quienes las escuchan. Gritar "¡Puto!" durante un partido del mundial, en un país ajeno y con aficiones extranjeras, apenas sería una curiosa exclamación entre tantas otras vilezas que se pueden escuchar en medio de la muchedumbre. En el peor de los casos, tanto el gesto como la exclamación coral sugieren rechazo, algo así como ahuyentar las malas vibras y los demonios en momentos en que ambas cosas parecen afectar más al juego que la técnica, la disciplina y el talento: "¡Eeeeeeeeeeeh, Puto!".

Curiosamente, un ejemplo similar aparece en la segunda parte del Quijote, capitulo décimo, en el "soliloquio de Sancho", donde se alcanza a leer "¡Oxte, puto!" entre tantos otros refranes. La nota correspondiente (edición conmemorativa de la RAE) señala que dicha expresión se utilizaba "para rechazar algo o alguien que molestaba". Quijote dixit. Y el hecho de que la frase contenga una palabra de origen árabe, permite suponer que nuestros registros etimológicos pueden cruzarse con homófonos (que no homófonos) de distinto origen cuyas implicaciones pueden rastrearse en cientos de palabras más.

Quién sabe, igual gritar "¡Puto!" tenga las más deleznables intenciones de intolerancia que puedan registrarse en un partido, y que los mexicano caigamos en vergüenza para siempre ante el mundo. Puede ser, hay gente que así desfoga sus frustraciones y sus miedos. Lo cierto es que el grito seguirá escuchándose como la marea atronadora.