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Democracias esquizoides

La mística es algo que no escapa aun a la más avanzada de las sociedades. El Gran Otro, la razón de ser, el destino histórico o la tradición, razones introspectivas que a veces escapan de la simple ideología o las razones de Estado para asumirse como elementos esenciales de la idiosincrasia. En nuestro caso, la naturaleza, origen y destino de nuestra mística ha sido el Santo Grial de intelectuales, historiadores, antropólogos y poetas. Los resultados han sido más bien desiguales, en ocasiones demasiado espesos y casi siempre evasivos. Otras sociedades, con mayor suerte en cuanto a introspecciones, han expuesto con mayor certeza sus propias místicas hasta convertirlas en fetiches y obsesiones.

Los Estados Unidos han presumido de muchísima claridad histórica, además de que su historia inicia y termina en la democracia y en la libertad y nadie tiene dudas acerca de ello. No hay agujeros en los libros, ni se debaten los historiadores por saber si en algún punto aquello dejó de ser la nación democrática por excelencia, ni si sus ciudadanos dejaron de defenderla. Y sin embargo el elemento que dio origen a este monumento a la "rule of law", la Constitución, es el ídolo de los enconos, pasiones, furias y desacuerdos semánticos que hoy en día han erigido al país en sus mejores momentos, pero también en sus momentos más miserables.

Por un lado, es claro que el valor primordial que busca el Estado americano es la felicidad de sus ciudadanos mediante las herramientas de las libertas y la igualdad. Sin embargo todo esto se encuentra sujeto a la disposición legal y al sistema político democrático, que vive a partir de consensos y contrapesos. Esta simple formulación es la base de todos los problemas que viven actualmente los ciudadanos estadounidenses y los millones de migrantes que emprenden su propia "búsqueda de la felicidad" en dicho territorio.

Porque no es otra cosa sino la incomprensión de estas palabras lo que evita que el Congreso estadounidense y el Presidente coincidan en asuntos críticos. Sí, es verdad que también existe ese menaje molesto de la politiquería, pero en el fondo, el miedo a perder la democracia por un exceso de libertad, o de perder la libertad (y la felicidad) por un exceso de democracia se manifiesta todos los días en las opiniones de los ciudadanos, los periodistas liberales y los conservadores, diputados y estrellas televisivas. Es la mística nublando la razón.