DE NEBLINAS Y DON GOYO

Rubén Marín

A Doña Grazietta y a Don Luis

¡Por fin! El libro de Rubén Marín se me hizo…nuevamente. En mucho tuvo que ver nuestra invaluable calle de Dónceles (con sus centros de “Libro-usado-viejo-y-más-que-servible”) la que de más de un apuro me ha librado. Este autor, y su principal libro: “Los otros días o apuntes de un médico de pueblo” me remite, directamente, a la familia Rivera Dommarco-tan presente en mi formación-, al terruño, Teziutlán-razón de mi propio existir-y a mi vocación periodística literaria-fuente destacada en mi devenir e historia-. Me explicaré:

Fue la mamá de los Rivera Dommarco, Doña Grazietta, quien junto con su hijo Juan Ángel Rivera Dommarco, una primero y el otro después me dieron a conocer el libro de Rubén Marín. Nunca lo “bajaron” de increíble (posteriormente, con Gerardo Rivera Dommarco escogimos o nos retroalimentamos la carrera de comunicación en la ibero en la que siempre tuve su apoyo, orientación y amistad fructíferas. Él, destacó en la industria del cine. Fue asesor-secretario de Hiram García Borja, en el Banco Cinematográfico. Tuvo su propia empresa. Igualmente, cercanía con Héctor Tajonar, con Toño Paoli, con “El Nano”, con Alejandro Quintero, con el padre Julián Pablo, con Paco Prieto, Nacho Rodríguez y otros compañeros y profesores más de la carrera).

Mucho del accionar de la obra de Marín y de sus personajes, particularmente, del principio y del final de su novela se desenvuelve en mi pueblo de nación, Teziutlán, y ello me une más con él. Y como ya comenté, recibí de obsequio y de referencia en mi época de formación y de etapa discente su tan apreciada y querida obra. Pronto, se volvió una de mis predilectas (y casi me llegó a ocurrir, aunque nunca lo alcanzó como con la creación de Saint-Exupery de “El Principito”, libros que, a quien llegaba a estimar o que les miraba sensibilidad, buena leche o cierta vena literaria se los obsequiaba). Cuestión que, muy pronto agotó mi existencia y acceso a la obra de Marín, no así a “El Principito”, del que afortunadamente, sigue al alcance. Volviendo a la de Rubén Marín, comprenderán, al igual que mi amigo Silverio Macías Zamora, al que también le platiqué de mi hallazgo en Dónceles junto otras tres obras de Marín, el gusto y alegría que me produjo este hallazgo y adquisiciones.

Rubén Marín, nació el 22 de octubre de 1910, en la ciudad de México y falleció, igualmente en ella, el 16 de junio de 1980. Cursó sus estudios superiores en la Prepa y Escuela de Medicina de la UNAM. Se tituló a los 23 años como Médico-Cirujano. Su primer servicio como médico independiente lo efectúo en Pahuatlán, Pue., donde fue nombrado médico experto municipal del mismo. Al año fue contratado por la American Smelting Refering, Co., nombrado subdirector médico. Se le envío a Angangueo, Mich., posteriormente a Aire Libre, Teziutlán, Pue., luego a Huicicila, Nayarit; terminando en Contraestaca, Culiacán, Sin. Nuevamente, en1940, regresa a Teziutlán, Pue., donde se enamoró y se casó con la teziuteca Mercedes Benito Zorrilla. Fue nombrado director médico del Hospital Guadalupano (Josefina Marín de Murgasz).

Sólo citaré a algunos fragmentos de lo bello, trascendente y humano de su contenido - forma que, a quizá cientos, Marín nos ha impregnado de serranía, costa, neblinas, verdor, lloviznas, luz, calor y frío, costumbres, rojos, pobreza y servicio, jirones de patria y de tiros y socavones, anécdotas e historia todo envuelto y de regalo en los otros días o apuntes de un médico de pueblo. Dice: “Cogiendo hacia arriba del pueblo como quien va a la estación, y torciendo a la diestra con rumbo a los Caracoles por donde está la Plazuela del Venado. Cogiendo de nuevo, digo, a la derecha, por el callejón de las Flores, tan estrecho que se tocan los tejados fronteros de las casas. Casa de tapiales trepados de manto y madreselva y jardinillos poblados de hortensias y de dalias (…) Y en el fondo, enderezándose para lo alto, con respaldo solemne de azul cielo, la grande sierra omnipresente (…)”

“(…) Se mira de allí un suave declive y en lo lejano los tejados de las casitas, el humo de los jacales, las parcelas multicolores, los sotos, las zanjas que cabrillean las arboledas, unas terrosas veredas. Al fondo, se va encrespando como una amenaza azul, áspera y grande la montaña. Una paralizada ebullición de rocas rojas y amarillas con vetas de yerba (…) Esmeralda viva del Cedral, la nogaleda, el Pinal que llora un llanto penetrante de resina. En un picacho se para, sobre lo azul de la piedra el ojo gualdo del sol. Por los resquicios pequeños de la recia montaña nace y discurre el agua. En lo alto de la imaginería roqueña se trasfunden los colores, y no hay más que una borrosa luz de niebla” “Aquí—, aquí quisiera Morir”.

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