DE NEBLINAS Y DON GOYO

Juan Cordero

El filósofo británico de la historia, Arnold J. Toynbee, propuso que “las verdaderas unidades de la historia, los campos inteligibles del estudio histórico, son las civilizaciones. Éstas, las concibió como unidades culturales que incluyen variados pueblos y/o naciones dentro de un mismo conjunto de creencias básicas y son el resultado de la respuesta de un grupo humano a los desafíos que sufre, ya sean naturales o sociales” (Toynbee, A.J. Estudio de la Historia, 1963).

En ese mismo sentido, el historiador, empresario, cineasta y pionero del cine mexicano Salvador Toscano, afirma: “Juan Cordero representa todas las vicisitudes, la miseria y la grandeza, de ese contradictorio de depresión y esperanza que fue el siglo XIX. Su vida, como su pintura misma, representan un mundo que caía herido de muerte, pero no sin que cayera gritando voces de esperanza para quienes venían atrás. Porque su biografía, en efecto, la llena un profundo nacionalismo no pocas veces equivocado; pero lo que lo llevó a ser uno de los precursores de la pintura mexicana, porque su vida es una lucha continua contra los prejuicios europeizantes; su lucha contra el catalán Clavé es el primer brote de nacionalismo en México y la primera manifestación de la conciencia de la grandeza del arte mexicano” (Toscano, S. Juan Cordero y la pintura mexicana en el siglo XIX, 1946).

David Alfaro Siqueiros (1896-1974), refiere: “Por su anhelo heroico, monumental, público, Juan Cordero es un antecedente tradicional de importancia para el presente y el futuro de la producción de las artes plásticas en México”. Por su parte, Diego Rivera, 1886-1957, menciona: “Cordero fue en el siglo XIX la primera afirmación del muralismo laico, cívico, con sentido social. Su obra fue destruida por los científicos, pero él queda como el precursor de la actual pintura mexicana. Cordero afirmó dentro del clásico greco-romano del México sometido y semi-colonial, el sentido profundo del clásico mexicano del México independiente que ahora empieza a renacer”.

Juan Nepomuceno María Bernabé del Corazón de Jesús Cordero de Hoyos, nació en Teziutlán, Puebla, en 1824. Sus padres fueron Tomás Cordero y María Dolores de Hoyos y Mier. La situación caótica del país, obliga a la familia a trasladarse a la ciudad de México. Apoya al comercio de su papá vendiendo también mercería y bisutería. Con el fin de apoyar su marcha a Roma, a estudiar pintura y arte, sus padres venden y empeñan hasta el piano acompañando sus muebles. Sus maestros de la Academia de San Carlos, Miguel Mata y Estanislao Rincón lo apoyan decisivamente.

Llega a Roma, a la Academia de San Lucas donde permanece de 1844 a 1853. Con sus maestros Natal de Carta, Guercino y Silvagni; conoce al General Anastacio Bustamante, ex presidente mexicano en el exilio romano, quien, al mirar su calidad y empeño, le consigue apoyos económicos los que, al recibir la posterior pensión-beca de la Academia de San Carlos, le permiten continuar su exitoso aprendizaje.

Después, es invitado a recorrer Florencia, Venecia, Roma y Ferrara lugares en los que ya es muy reconocido. Regresa, triunfante a México, en 1855.

Las envidias y malinchismos del grupo que dominaba la Academia de San Carlos con el catalán Pelegrín Clavé como director académico, le hicieron el trabajo y la existencia misma pesada y a contracorriente. Pero el genio, voluntad y carácter le sacaron adelante y se dedicó a retratista y a decorar bóvedas y templos a lo largo y ancho del país.

Su corolario fue haber pintado el primer mural cívico y laico en la pared de fondo de la Escuela Nacional Preparatoria por encargo del también poblano Gabino Barreda, ex ministro de Justicia y de Instrucción Pública de México, ahora director de la Preparatoria.

Dice Jean Charlot, en sus Escritos sobre el Arte Mexicano:“Gabino Barreda le sugirió el tema y lema: Triunfos de la Ciencia y el Trabajo sobre la Envidia y la Ignorancia”.

Parece que, en 1900, La Envidia y la Ignorancia vencieron a la Ciencia y el Trabajo, ya que Vidal Castañeda y Nájera, director de la preparatoria mandó a borrar la pintura-mural colocando un vitral en su lugar. “Pero… ¿Ignorancia? ¿Destino? (…) Tal vez temeroso del mensaje filosófico del mural de Juan Cordero ordenó su destrucción (…)¡Oh vandalismo, oh estulticia! El mural desapareció para siempre. Juan Cordero, siquiera no presenció la destrucción de su obra: había muerto en 1884, dieciséis años antes”. (Saber Ver No. 41).