DE NEBLINAS Y DON GOYO

José Vasconcelos

A Alejandra Moreno Toscano

Pocas figuras modernas y contemporáneas de la historia de México han sido tan controversiales y tan controversistas, tan discutidos, estimados y tan denostados, tan polémicos, donjuanescos, reconocidos y rechazados; tan amados, despreciados, demócratas y neofascistas y tan admirados y criticados como José Vasconcelos. Pero como afirma el historiador Enrique Krauze, el distingo principal que acompañó su existencia, “lo fue el de la grandeza dentro del contexto del dictado de la pasión”.

José María Albino Vasconcelos Calderón, nace en la capital oaxaqueña el 27 de febrero de 1882 y fallece en Tacubaya el 30 de junio de 1939. Sus padres, Ignacio Vasconcelos Varela y Carmen Calderón Conde.

Fue secretario de educación del 12 de octubre de 1921 al 2 de julio de 1924. Perteneció al Ateneo de la Juventud; al Colegio Nacional y a la Academia Mexicana de la Lengua con la Silla V; contiende por la gubernatura de Oaxaca en 1924, que pierde. Y por la presidencia de México en 1928, que también pierde por un gran fraude. Fue abogado, político, profesor, escritor, músico, filósofo, enamorado, educador, diplomático, maderista, rector, viajero y funcionario.

Ejemplos de luz y sombra

La luz, fue la creación de la Secretaría de Educación Pública.-Tal vez sea la obra más trascendental e importante que estableció y dejó para la posteridad y beneficio de todas y todos los mexicanos. Se considera el 25 de julio de 1921 como la fecha en que se crea la SEP en el gobierno de Álvaro Obregón. Dividió a la SEP en tres grandes áreas: Escuelas, Bellas Artes y Bibliotecas.

“El Departamento Escolar, que podría considerarse eje de la labor de la Secretaría, tuvo a su cargo la organización, sostenimiento y desarrollo de todas las escuelas, ya bajo el sistema federal, desde la elemental hasta la universidad, así como la coordinación de métodos y programas de estudio” (Lozada L.G. José Vasconcelos Hombre Educador y Candidato, 1998).

La Sombra, su apoyo al grueso panfleto Derrota Mundial, de Salvador Borrego, en el que se culpa de todos los males actuales a la gran conspiración judeo-masónica-comunista a la que, según ellos, Adolfo Hitler, Benito Mussolini y Francisco Franco buscaban enfrentar y erradicar. Y, lleno de alabanzas al nazismo-fascismo-nacionalismos. Lleva el prólogo escrito por José Vasconcelos, en continuación a su posición fascista expresada ya en su revista Timón de 1940:

Señala: “La obra de Salvador Borrego, que hoy alcanza su segunda edición, es una de las más importantes que se hayan publicado en América (…). Las guerras modernas se desarrollan tanto en el frente de combate como en la propaganda. Es una arma poderosa, a veces decisiva para engañar a la opinión mundial (…)lo peor es que nos dejemos convencer por el engaño. Enhorabuena que hayamos tenido que afiliarnos con el bando que estaba más cerca de nosotros; lo malo es que haya sido tan numerosa, entre nosotros, la casta de los entusiastas de la mentira.

“Durante años, dice Borrego, el mundo creyó luchar por la bandera de libertad y democracia que los países aliados enarbolaron a nombre de Polonia. Pero al consumarse la victoria, países enteros (…) perdieron su soberanía bajo el conjuro inexplicable de una victoria cuyo desastre muy pocos alcanzaron a preveer (…). Ya no es solo Polonia; media docena de naciones europeas que fueron otros tantos florones de la cultura cristiana occidental, se encuentran aplastadas por la bota soviética, se hallan en estado de ‘desintegración definitiva’. Y el monstruo anti-cristiano sigue avanzando (…) han caído dentro de la órbita de esclavitud y de tortura que los marxistas dedican a las poblaciones cristianas”.

“La difusión del libro de Borrego es del más alto interés patriótico en todos los pueblos de habla española (…). Nadie está más obligado que nosotros a desenmascarar a los hipócritas y a contener el avance de los perversos. La lucha ha de costarnos penalidades sin cuento. Ningún pueblo puede escapar a las exigencias de la historia, que son de acción y sacrificio (…). La lucha entre los hombres ha de seguir indefinida y periódicamente implacable, hasta en tanto se acerque el fin de los tiempos, según advierte la profecía”. (Spectator, 2006).