DE NEBLINAS Y DON GOYO

Carlos Finlay

A poco más de una hora de la ciudad de Puebla, pasando la presa de Valsequillo “Manuel Ávila Camacho”, se encuentra Huehuetlán El Grande, cálida comunidad que limita ya con la Mixteca Poblana, a la que fuimos invitados a disfrutar de una doble fiesta, el bautizo de Nataly y la primera comunión de Iván, hijos de nuestros amigos Alejandro Ibáñez y Alejandra Gordián, un servidor y cuatro compañeros taxistas de Ibáñez.

Parte de la historia actual de esta comunidad ya la narré en mi colaboración del 6 de noviembre del año pasado, titulada Huehueyork, publicada en este espacio en la que señale las tribulaciones de la migración de más de la mitad de la población de Huehuetecos a White Plains, condado de Westchester cercano a Nueva York con sus principales impactos y efectos sociales, económicos, culturales y de salud pública.

Lo que no mencioné, por espacio, fue que durante la comida y convivencia fuimos atacados, literalmente, alrededor de las mesas como asistentes, por mil y cientos de zancudos y mosquitos que, sin misericordia alguna nos picaban, por lo que raudos y no muy veloces buscamos repelentes, sin que hubiera uno sólo en todo el pueblo. Regresamos, resignados a morir por los aguijones y las picaduras conformándonos con echarnos humo y más humo de los cigarrillos que adquirimos, aunque nadie fumara de los cinco invitados (fue casi inútil y sólo, creo, nos hicimos ½ bartolos).

Nunca en mi vida, pese a que he vivido por lugares calurosos casi al nivel del mar, he visto y padecido tantos “enjambres” de mosquitos y zancudos. Decenas de centenas de ellos revoloteándonos y atacándonos al unísono y sin piedad. Lo único que me quedó por hacer, mientras añoraba el regreso a Puebla, fue el recordar el artículo que acababa de leer sobre la figura de Carlos Finlay.

Dice Lois Mattox: “a finales del siglo pasado, los estragos de la fiebre amarilla tenían alarmados a todo el continente americano. Ciudades tan al norte como Quebec y tan al sur como Montevideo, sabían por propia experiencia, lo que era el terrible flagelo. La Habana sufría la peor epidemia de los últimos 20 años. Gentes que un día se hallaban en plena salud, al siguiente caían consumidas por la fiebre, cubiertas por la fatal pátina amarilla, atacadas de vómitos de sangre negra y viscosa (…) La fiebre amarilla se burlaba de la medicina”.

(…) El 1º de agosto de 1900 ocurrió un suceso que estaba llamado a hacer historia. Un médico cubano de aspecto venerable, de suave voz, de bondadoso rostro patricio, orlado por blancas patillas, el doctor Carlos Finlay entregó al mayor Reed una jabonera de porcelana en cuyo fondo se advertían ciertos puntos negros, mucilaginosos (…) “Vea usted los huevos de la stegomyia fascista”, le dijo. “Eche agua y nacerán los mosquitos. Haga que piquen primero a enfermos de fiebre amarilla, y, poco después a sujetos saludables y fuertes. Le aseguro que tendrá usted la clave del enigma” (Mattox, M.L. Carlos Finlay: Pasteur olvidado de América, Selecciones del Reader’s Digest, 2000).

Carlos Juan Finlay Barrés, nació en Camagüey, Cuba, el 3 de diciembre de 1833 y falleció en la Habana, el 20 de agosto de 1915. Realizó estudios básicos en Francia y Alemania. La carrera de medicina la efectúo en Filadelfia, USA.

Su servicio como médico y como investigador los hizo en su país. Tuvo como asesores en su formación cubana a José L. Casaseca, Benito Viñes, Felipe Poey; y como principal colaborador a Claudio Delgado. Fue jefe de Sanidad de la Habana y director General de Sanidad de Cuba. Recibió la medalla “Mary Kingsley” en Inglaterra. Y, la Orden de la Legión de Honor de Francia. Y fue, su mayor mérito como médico y como biólogo, el descubrir que el mosquito Culex o Aedes Aegypti, el portador e inoculador de la fiebre amarilla al picar a los seres humanos.

¿Hasta cuándo, las enseñanzas y el ejemplo de grandes seres humanos como Carlos Finlay seguirán olvidados y desdeñados por nuestras universidades y sus centros de investigación en salud; los tres niveles de gobierno; los organismos privados de sanidad; los papás y familias, las autoridades de salubridad y asistencia; las mismas ong´s y grupos comunitarios prosalud de nuestros pueblos y regiones; y, mientras tanto, los moscos, zancudos y mosquitos seguirán zumbando, picando, inoculando y hasta quizá riéndose y pitorreándose de nuestra indiferencia, de nuestra desatención y de nuestro olvido?