Vida y Milagros

Es la vida que pasa, silenciosa, estruendosa....

Para Héctor Aguilar Camín,
en su cumpleaños

Llegar a la Ciudad de México se ha vuelto tan complicado como cruzar un territorio ignoto sin mapas a la mano. Mi ruta es la autopista México-Puebla. Hace 40 años que la transito y siempre es distinta en sus obstáculos y esquiva en sus amabilidades, aunque su trazo no ha cambiado ni un ápice. Siempre está en obra o con un tráiler patas arriba, o tomada por la incompetencia del constructor en turno, el concesionario que maneja el peaje, o los recortes de la SCT. Ayer la incertidumbre adicional era si estaría abierta o cerrada por la CNTE o cualquier otro grupo simpatizante.

Hubo un tiempo en que pasando Llano Grande y hasta llegar a Santa Martha Acatitla todo eran campos obscuros en la noche o bosques y sembradíos luminosos en el día. Hubo un tiempo en que entre Puebla y México todo era un paisaje imponente donde reinaban los volcanes. Luego Chalco se fue poblando sin orden ni concierto; desapareció el paisaje rural y los sembradíos y una maraña inmensa de cables piratas de luz cruzaba la carretera de lado a lado alimentando los asentamientos irregulares que los sucesivos gobiernos del Estado de México permitieron y clientelizaron hasta llegar a consolidarse en el municipio "Solidaridad", una oda a la falta de ordenamiento territorial reinante en nuestro país hasta hoy.

Como estudiante universitaria transitaba por la autopista 100 veces al año, cruzándola a altas horas de la noche a toda la velocidad que daba el Datsun azul de mi novio, quien manejaba con todo el estilo y audacia de un piloto profesional y la irresponsabilidad propia de los 20 años. Los cinturones de seguridad no existían, pero sí la plática y la discusión interminable dentro del pequeño mundo del coche azul, con la mínima gasolina en el tanque, navegando en la obscuridad con menos certidumbre y comunicación que el Apollo XIII. Nos tocó ver muchos accidentes que considerábamos parte normal del riesgo de vivir. Hoy sé de nuevo que así debe ser, y que lo inevitable suele serlo.

Del amor a esa carretera pasamos a la desconfianza que nos produce lo consistentemente impredecible. Pero antier era la fiesta de cumpleaños de mí cuñado en México: iríamos aunque nos tardáramos 10 horas en llegar. Los informes oficiales indicaban cierre en la caseta de Chalco y contingencia ambiental. Y sin embargo nuestra carretera fluyó como en los mejores tiempos. Es probable que ante la amenaza informática del bloqueo carretero la mayoría de los usuarios optó por salir otro día, y ante la contingencia de ozono los capitalinos se quedaran en sus casas, así que bajo un cielo azul llegamos a México como transportados por los ángeles; y sí, porque el ángel al volante era mi hija la serena.

Llegamos a la pura alegría. La consistente generosidad e inteligencia del festejado lo rodearon de un círculo de bien querientes, inmersos en la atmósfera cálida que su imparable mujer, mi hermana, construye. Así planeó hasta la última banderita de papel de china y los individuales ilustrados con una máquina de escribir antigua que diseñó, dibujó e imprimió mi hermano Daniel. El fruto fue una fiesta de 120 amigos hermanados, llena de cariño, elocuencia y apasionadas discusiones; hubo una muy buena mezcla de nuevas generaciones, armoniosamente trenzadas con las que ya pronto nos iremos. Un hilo conductor de este ambiente fue la música que brotaba de un conjunto dirigido por las manos maravillosas de un cubano sensible e inteligentísimo que toca el teclado como sólo puede hacerlo la sangre de quien honra con su trabajo y su música la tierra que ha tenido que dejar por necesidad, mientras abraza al país y a la cultura que le han dado abrigo. En medio de la fiesta me sorprendió la preciosa voz de mi hija menor cantando acompañada de manera cómplice por el pianista cubano.

Hubo muy variados discursos, pero fue especial el del Héctor, que merece un escrito aparte y una mejor cronista de lo que puedo serlo yo, pues su discurso fue como uno de sus mejores cuentos. Sólo retomo su dicho de que lo mejor que le ha pasado en la vida es mi hermana, porque muchos de nosotros también hemos vivido con la suerte de tenerla. Me gustaron en especial dos cosas: la composición musical que le organizó su hermano y poeta Luis Miguel Aguilar. Usó la música de los Beatles "Let it be" y como letra fue acomodando a la música los títulos de todos los libros de Héctor. Y lo otro fue lo que dijo una muy joven editora y escritora de la revista que dirige Héctor desde hace muchísimos años; ella habló en nombre de la nueva generación de escritores que ahí trabajan y le agradeció la libertad y sencillez con que les enseña lo que sabe y la generosa, confiada e irrestricta entrega de estafeta a sus jóvenes relevos generacionales, pero en especial por infundirles fe en el futuro de un país al que casi le han perdido la fe, al que miran en sombras y con tristeza.

Salimos de la fiesta sin despedirnos, oyendo como música de fondo a mi hermana cantando como solo ella sabe hacerlo. A media noche, como en los viejos tiempos, entramos a la carretera. Su obscuridad todavía es indómita en algunos tramos, y ahí aún nos envuelve, como antes, misteriosa, dormida y solitaria. Viendo las líneas blancas de la carretera ya no sé si es ayer, hoy o mañana. Es tarde y confundo los recuerdos. Me asaltan las imágenes y las voces, muevo los dedos sobre un teclado inexistente mientras tarareo en voz baja la música de la fiesta que aún no me ha abandonado. Es la vida que pasa silenciosa, estruendosa, esa vivencia única que vamos dejando para siempre detrás, en el camino...