Vida y Milagros

“Desde el pasado”

Eduardo siempre se sintió como un extraño dentro de su familia. Era el menor de todos, pero desde su cara en el espejo no encontraba rasgos similares a los del resto de sus hermanos. Su padre era un hombre rígido y podía entablar violentas discusiones con sus hijos en la convivencia diaria, con todos menos con Eduardo; a él las voces subidas de tono, los gritos y la brusquedad en los modos simplemente le hacían apretar los dientes, tomar distancia, callarse y sentirse fuera de lugar una vez más. Cuando cumplió 23 años se le ocurrió meterse en el banco de datos de ADN, que construyeron con paciencia las madres y abuelas de la Plaza de Mayo, movimiento surgido en Buenos Aires, Argentina en 1977, cuyo objetivo inicial era entrevistarse con el presidente “de facto”, el flaco y bilioso general Jorge Rafael Videla, líder del golpe de estado que instauró una dictadura militar en Argentina en 1976. Ellas sólo querían información acerca de sus hijos e hijas desaparecidos después del golpe.

La Plaza de Mayo está ubicada frente a la residencia oficial argentina llamada Casa Rosada. Mientras hacían cola para que un burócrata las recibiera, una de ellas, Azucena Villaflor de Vicenti, de 52 años, les dijo a las otras 14 que esperaban junto con ella: “Individualmente no vamos a lograr nada... ¿Porqué no vamos todas a la Plaza de Mayo? Cuando vean que somos muchas, Videla tendrá que recibirnos.”

A raíz del golpe militar, muchos jóvenes y estudiantes universitarios se unirían a la resistencia clandestina en contra de la junta militar, miles de esos jóvenes desaparecieron entre 1976 y 1983 durante el llamado “Proceso de Reorganización Nacional” llevado por los militares. En los años más duros de la dictadura, muchas jóvenes mujeres embarazadas fueron detenidas y llevadas a las cárceles clandestinas de la Escuela Mecánica de la Armada, en donde nacerían sus hijos. La mayoría fueron asesinadas después y sus cuerpos desaparecidos; sus bebés fueron entregados en adopción a familias de militares o a matrimonios afines a la dictadura. 

Las madres de esos jóvenes que se reunieron por primera vez en 1977, siguieron encontrándose cada jueves en la plaza, primero para lograr ser recibidas y escuchadas, luego para actuar de una manera útil para lograr su objetivo: dar con el paradero de sus hijos y nietos. En ese entonces los teléfonos celulares y el internet no existían, ni tampoco las redes de información que hoy conocemos, poco a poco, con una paciencia infinita, construyeron una red “hecha a mano”, con información transmitida de boca en boca, uniendo datos que las podrían ayudar a descifrar el enigma.

Para la prensa argentina de entonces, no sólo no existían los desaparecidos y durante mucho tiempo tampoco documentaron el movimiento de estas mujeres que jamás imaginaron verse dando esa batalla por sus hijos. Fue durante el mundial de futbol en Argentina, en 1978, que la televisión holandesa documentó públicamente la existencia de las mujeres de la Plaza de Mayo; el hacerlas visibles para el mundo las ayudó muchísimo y salvó la vida de muchas de ellas.

Nada más duro que no saber qué le sucedió a un hijo o una hija perdidos. El no saber qué había sido de ellos, les impedía a esas madres y abuelas cerrar el círculo del duelo, la acción fue lo único que las ayudó a sobrellevar sus pérdidas, el símbolo de su movimiento fue un pañuelo atado a la cabeza. Tres de las más activas fundadoras del grupo, madres aún jóvenes, fueron secuestradas a su vez y desaparecidas en 1977: Azucena Villaflor de Vicente, Esther Ballestrino y María Ponce, junto con ellas, entre el 8 y 10 de diciembre de 1977, fueron secuestradas y desaparecidas las monjas francesas Alice Domon y Léonie Duguet junto con otras siete activistas de derechos humanos. Azucena fue secuestrada en su casa y las otras mujeres en la iglesia de la Santa Cruz, todas fueron llevadas a la Escuela de Mecánica de la Armada, en donde fueron asesinadas y después arrojadas al mar. Un archivo desclasificados del gobierno de los Estados Unidos en 2002, el documento No. 1978-Buenos-2346, dirigido al embajador americano en Argentina en 1978 y catalogado como “Informe Confidencial de Monjas Muertas”, prueban que el gobierno norteamericano supo desde entonces el destino de la personas que aquí menciono y el lugar en donde fueron enterradas como personas desconocidas, después de que el viento y el mar regresaran sus cadáveres a la playa de Mar de Plata. 

En los primeros años del movimiento de las Madres de la Plaza de Mayo, su finalidad era recuperar con vida a los desaparecidos, después por lo menos saber qué había sido de ellos y en dónde los habían enterrado; también encontrar a los responsables y llevarlos a juicio, así como averiguar el destino de los niños que las hijas de muchas de ellas tuvieron en la cárcel. Ya para entonces habían averiguado que la mayoría de los bebés habían sido entregados en adopción, así como el perfil de las familias que los tenían. Muchas de esas madres tenían entre 40 y 50 años en 1977, cuando sus hijas, de 18 años o en sus veintes, desaparecieron.

Con el paso de los años, las nuevas tecnologías cibernéticas y los descubrimientos científicos para identificación de ADN, ayudarían a dar con el paradero de muchos de los bebés desaparecidos. Muchas de las parejas o esposos de algunas jóvenes no fueron detenidos junto con ellas y muchos lograron huir y asilarse en otros países, uno de ellos vino a dar a la ciudad de Puebla en 1980, cuando tenía 30 años. En el año 2006 subió sus datos genéticos al ya moderno banco de datos de las Madres de la Plaza de Mayo. Ahí fue donde Eduardo, siguiendo una corazonada, subiría los suyos y encontraría un “match” de ADN y el rostro de su verdadero padre, al que conocería finalmente en 2007.Desde el pasado les llegó un fruto inesperado cuya semilla sembró, entre otras, Azucena. La historia me la contó una amiga querida que conoció al papá.