Vida y Milagros

No nacemos odiando

Nelson Mandela, que todo sabía acerca del odio, aseguró con toda contundencia que nadie nace odiando; el odio es un sentimiento aprendido, mientras que la confianza y el amor son inherentes a los bebés y a él responden ya desde el vientre materno; en ultrasonidos y fotografías que hoy la magia de la tecnología nos permiten ver, en casos de hermanos gemelos que comparten en la gestación la misma bolsa, se ve a los bebés de cinco y seis meses, tocándose afectuosamente, no agrediéndose.
Nelson Mandela tuvo toda una vida para aprender acerca de los mecanismos del odio y las mil maneras para desactivarlo. Su vida nos deja un testimonio de la capacidad del ser humano para optar, ya sea por el odio o por la convivencia pacífica, a pesar de las circunstancias más difíciles en las que nos pueda haber tocado vivir.
Mandela nació y vivió en el más crudo caldo de odio que imaginarse pueda y pasó 20 años de su larga vida en una estrecha celda impuesta por el miedo y el odio de los blancos hacia los negros. En esa soledad optó por alimentar la paz interior.
Dicen que dos tigres habitan en cada uno de nosotros, el de la violencia y la maldad, y el de la bondad y la paz, y vivirá en nosotros el que decidamos alimentar.
Recientemente pude escuchar y ver una entrevista al hijo de Pablo Escobar, el capo de capos de Colombia, abatido a tiros hace 20 años después de una feroz cacería. Juan Pablo Escobar fue niño cuando su padre estaba en la cima de su poder, riqueza y de su conducta violenta. A los once años Juan Pablo y su familia fueron víctimas de un violento atentado de parte de enemigos de su padre. La explosión, que no pudo matarlos porque estaban dentro de un búnker, voló los vidrios de un kilómetro a la redonda. Estuvieron encerrados ahí una semana, hasta que se les acabó la comida, y ahí, ese niño aprendió que los dólares no se comen y que la violencia, para parar, necesita de la voluntad de alguien.
Pablo Escobar llamaba a Juan Pablo "su hijo pacifista". A los catorce años, Juan Pablo enfrentó a su padre y le dijo que tenía que hacerse responsable de todas las víctimas inocentes que su guerra personal iba dejando a su paso. Fue en esas épocas que Pablo Escobar dejó de ver a sus dos hijos, sacándolos del país, pero nunca perdería el contacto con ellos. La parte buena de Pablo Escobar era la que lo ligaba a sus hijos. De hecho, fueron las llamadas telefónicas a su hijo Juan Pablo, las que permitirían su ubicación y su ejecución en Medellin.
No hay odio ni rencor en la voz de Juan Pablo Escobar, quien con toda objetividad admite que su padre murió bajo la misma ley que el escogió para vivir. Admite también que heredó dinero de su padre, pero que todo acabó en manos de otras personas. No parece importarle, vive de su profesión de arquitecto y diseñador industrial. Sabe que está viviendo años regalados a partir de que sobreviviera al atentado cuando tenía once años. Aparentemente ha escogido para vivir la ley bajo la que vivió Mandela, la de la desarticulación de la maquinaria del odio, conocida muy bien por ambos desde niños.
En los lugares más lejanos y distintos del mundo, el germen del odio y la violencia es siempre el mismo; sin embargo, ambos entendieron que nadie nace odiando y que el odio es un caldo de cultivo al que uno puede sobrevivir a fuerza de voluntad, buenos hábitos mentales, el cultivo de la cordura y la divina luz de la inteligencia emocional, en la cual Mandela fue un maestro. Nos dejó un legado digno de abrazar, aprender y agradecer.