Vida y Milagros

Un mundo sin nosotros

Para mi mamá, que fue mi

estrella

La semana pasada recorrí el Centro Histórico de la ciudad de México ya entrada la noche; de noche todo cambia, los edificios lucen luminosos y mágicos: Bellas Artes, Correos, el Sanborns de los Azulejos.

Nuestra caminata nocturna nos llevó hasta el Palacio de Minería, ese hermosísimo edificio diseñado y construido por el arquitecto valenciano Manuel Tolsá entre 1797 y 1813 para albergar el Real Seminario de Minería, a la entrada del Palacio hay tres objetos fascinantes caídos del cielo en el norte de México: tres inmensos meteoritos.

Uno de ellos, “Chupaderos”, cayó en 1852, pesa 16 mil kilos y es uno los diez meteoritos férreos más grandes del mundo. Otro de ellos llamado “Allende” cayó en el norte de México en 1968 y contiene un material inexistente en la Tierra llamado panguita, mineral de 4 mil 500 millones de años, más antiguo que cualquier mineral de nuestro mundo.

Los tres meteoritos de Minería, descubiertos en diferentes momentos, fueron llevados al pórtico central del edificio para dar la bienvenida a los visitantes. Son imponentes, sobrios, misteriosos. Esculturas talladas por la fricción de la atmósfera cuando los meteoritos cruzaron por ella antes de su descenso en el planeta Tierra. 

Están pulidos y brillantes y se permite tocarlos; al pasar las manos sobre ellos nos transmiten la energía latente de todos los minerales que los forman provenientes de lugares del universo que solo podemos vislumbrar gracias a tantos científicos dedicados y empeñosos que con sus inventos nos han dado un atisbo de infinito. 

A cada alma la conmueven diferentes cosas y momentos; uno de los míos ha sido el encuentro con los meteoritos. Ante la belleza y perfección de estas piezas magistrales creadas por la mano invisible que mueve el cosmos, sólo cabe el asombro silencioso. Su poderoso misterio te guía hacia el interior de ti mismo. 

Hace 65 millones de años, un meteorito gigante, posiblemente parte de un planeta que perteneció al sistema solar, cayó sobre el lecho marino de las costas de Yucatán, provocando tal cataclismo en la tierra que desaparecieron para siempre los dinosaurios y el resto de la flora y la fauna que poblaban entonces nuestro planeta. El objeto celeste explotó con un destello cegador liberando cien millones de megatones de energía.

La explosión sacudió al mundo entero. Nubes ardientes de roca y de vapor se elevaron en la atmósfera. Las ondas de choque movieron al mar provocando tsunamis devastadores que entraron a la tierra arrasando la vegetación y a casi todas las especies existentes. Lo que quedó de vegetación se incendió, y luego, toda la tierra quedaría cubierta por una lluvia de ceniza y humo que durante un año impidió que los rayos de sol llegaran a la superficie de la tierra, a lo que antes fuera un paraíso tropical. El invierno nuclear durará varios años y aparentemente la Tierra ha muerto y se asemeja a una enorme luna fría.

Me sorprende recordar que como especie humana sólo llevamos un millón de años de existencia y como homo sapiens apenas 40 mil años. ¡Qué chiquitos somos aún! Cada determinado número de millones de años, la Tierra ha sufrido cataclismos enormes

El planeta Tierra tiene otro ritmo y otra lógica, y sobre todo, un reloj interior que en nada se parece al del ser humano. Trabaja silenciosamente, sin prisa pero constante. Debe reírse de nosotros, si es que puede reírse, cuando nos oye decir ¡Salvemos la Tierra! La Tierra no necesita ser salvada. Se ha recuperado de muchos cataclismos como el que describí arriba sin ayuda de nadie, y lo volverá a hacer las veces que haga falta. 

Leí que si el hombre con las estupideces que hace acabara con la atmósfera de la Tierra, con los bosques, con las especies que la habitan, con la biodiversidad, con todo, tranquilamente, tal vez en un millón de años, la Tierra se habrá encargado primero de hacernos desaparecer a nosotros y después de reconfigurarse. La Tierra, esa gran sobreviviente, no necesita ni que la salvemos, ni que la rescatemos. Somos nosotros, si queremos sobrevivir como especie y seguir un rato más dando guerra sobre este mundo, los que nos tenemos que aplicar en no molestarla. Para la Tierra es más que viable un mundo sin nosotros, pero me parece que es precioso que estemos aquí para valorar sus creaciones perfectas.

Si algún día visitan el Centro Histórico de México, pasen un momentito a rendirles culto a los hermosos meteoritos. Contémplenlos sorprendidos y reverentes porque nos recuerdan que todos venimos de las estrellas y como polvo transformado en una energía que no conocemos, volveremos a ellas.

veronicamilenio@yahoo.com.mx