Vida y Milagros

Sin mapas en un mar desconocido

Se llama “navegar en la red” a la acción de entrar al mundo cibernético que ya está presente y accesible en casi todos lados: las computadoras escolares, una computadora familiar, los teléfonos, los ciber cafés, las redes gubernamentales, de los negocios, de organizaciones cívicas, o de los medios de comunicación.

Un nuevo mar desconocido, y por lo mismo, con bondades y peligros que aún no podemos medir, ha llegado a la vida de quienes vivimos en el siglo XXI como una ola de poder inimaginable. Dos artículos que leí mencionan este fenómeno sorprendente. Uno está escrito por Enrique Krauze y lo publica hoy en “El País” con el título “La ética del idioma”. El otro aparece en una fantástica página gratuita desarrollada por ciudadanos del Distrito Federal y que se llama “Ciudadanos en Red”, una de las páginas de comunicación cívica más equilibradas, bien informadas y tolerantes que conozco.

Krauze nos habla de las bondades de la navegación y la información en las redes y de los vientos democratizadores y llenos de información iluminadora que nos regalan, pero también de sus peligros en el abuso sin control de información no verificada, abusiva, mentirosa, fanatizada, parcial, que cae muchas veces en el libertinaje más absoluto y en linchamientos on-line. 

Entonces la capacidad de las redes para informar, ilustrar y enriquecer el pensamiento y la vida, se contrapone con su capacidad para desinformar y destruir vidas y reputaciones en un momento. Este fenómeno es lo que Krauze nombra como navegar sin mapas conocidos y sin reglas del juego para la utilización de las redes, apelando como remedio a la necesidad de crear una enmienda intelectual así como nuevas reglas para nuestro tiempo. 

El caso que menciona la página de Ciudadanos en la Red es acerca del bullying cibernético. El artículo se llama “Ataques en la red” y se refiere particularmente al maltrato que sufren millones de niños y adolescentes por medio de las redes sociales, mencionando que las víctimas sufren en silencio el ataque anónimo que quizás empezó en un salón de clases y que se extiende 24 horas al día por medio de los chats colectivos, los correos electrónicos y las páginas de Facebook, en que es posible subir fotos editadas, poner ofensas e insultos hacia el físico de una persona, o simplemente destruir su reputación por medio de mentiras sin el menor cuidado del lenguaje. Pasa lo mismo en las columnas periodísticas.

Los que escribimos y firmamos con nuestro nombre, estamos sujetos a las leyes vigentes acerca de la difamación o la calumnia; sin embargo, muchas veces somos insultados impunemente en los comentarios al pie de texto por personas que usan nombres falsos o la palabra “anónimo”.

Las páginas de algunos medios me imagino que lucharán para detectar y bajar de la red, según lo prometen sus políticas editoriales, los contenidos obscenos e insultantes, pero a veces no tienen la capacidad de hacerlo. Más difícil aún es detectar el ataque o acoso que sufre un niño o un adolescente por medio de las redes.

La bendición aparente de estas nuevas herramientas de comunicación pueden- como menciona Krauze- traer un regalo envenenado y maléfico que puede convertir a la comunicación cibernética mundial en una torre de Babel en que ya nadie entiende nada ni cree en nada y donde, además, todo está permitido. Las viejas jerarquías del control mediático ejercido por los gobernantes han sido rebasadas por una nueva comunicación horizontal entre ciudadanos, muchísimas veces empleada para bien, pero a veces llegan también aires turbulentos, contaminados y obscuros, llenos de odio y violencia sin el menor tamiz. 

Cuando Cristóbal Colón se embarcó en sus tres pequeñas carabelas en el mar desconocido que lo llevaría no solo a unir dos mundos sino a revolucionar la concepción del mismo, lo hizo guiado por su inteligencia y por los rudimentarios recursos de navegación existentes en 1492. También se apoyó, como todo buen navegante, en las estrellas.

Me pregunto: ¿cuáles son nuestras herramientas y nuestras estrellas para enfrentar el mar desconocido de la navegación cibernética? ¿Cómo normar su buen uso sin limitar la libertad de expresión? ¿Cómo acotar y sancionar el libertinaje abusivo del lenguaje, la mentira y el acoso? ¿Cómo evitar que una herramienta tan genial y bondadosa sirva también para llevar a niños y jóvenes acosado a la depresión o al suicidio? ¿Cómo defenderse de la calumnia en las redes? ¿Qué leyes, qué normas, qué códigos de ética serán nuestras estrellas polares, nuestras brújulas y timones en estos mares procelosos? ¿Cómo evita –como dice Krauze– qué este mar informático nos ahogue a todos?